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La teoría de la novela de G. B. Giraldi Cintio
Sommario Giovan Battista Giraldi Cinzio publicò nel 1554 il primo trattato sul romanzo della storia della teoria della letteratura in difesa dell'Orlando Furioso di Ludovico Ariosto. Ciò nonostante, questo fatto sembra non essere stato notato dalle ricerche sulle idee estetico-letterarie, eccezion fatta per P. D. Huet che riconobbe in Giraldi Cinzio l'iniziatore degli studi sul romanzo. La ragione del generale mancato riconoscimento sono da cercarsi nel fatto che secondo alcuni ricercatori Giraldi Cinzio avrebbe teorizzato sul Poema eroico-cavalleresco (come più tardi difatti fecero altri, come T. Tasso ad esempio), mentre altri hanno preferito non pronunciarsi sul significato del termine romazo così come viene usato nell'opera di Giraldi Cinzio (è questo il caso di B. Weinberg, che media il concetto di romanzo dall'originale senza tradurlo in inglese). L'impostazione strettamente filologica pel problema appare insoddisfacente perché porta a soluzioni sincretiche, che già appariranno nel dibattito sull'Ariosto sviluppatosi nella seconda metà del Seicento. L'analisi delle idee di Giraldi Cinzio invece, porta alla convinzione che nella sua opera sia dimostrata la comprensione e l'assunzione dei principi fondamentali del romanzo moderno, cosa che sembra essere stata determinata dal suo essere orientato ad un'estetica realista (la sua difesa dell'enárgeia, del decoreo , della verisimilitudine ) e dal suo essere vissuto da uno spirito innovatore, antiautoritario ed aperto al futuro. |
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El debate
sobre Ariosto La respuesta a esta pregunta la podemos encontrar -en un primer nivel- en la carta que Giraldi remite a Pigna, desde Ferrara, el 1 de agosto de 1548 y que constituye una réplica a la que Pigna le había dirigido el 25 de julio del mismo año -esto es, sólo seis días antes- desde Luca. Pigna se queja en su carta de que en un reciente viaje por la Toscana haya encontrado "tanti morditori dell'Ariosto" (SC, 246). Estos morditori le reprochan a Ariosto no haber seguido los pasos de los poetas antiguos, haber escrito una obra que contradice las normas del arte literario, sobre todo, porque mezcla lo bajo y humilde con lo elevado y grave, y porque su héroe es un loco y no un honorabilísimo paladín. Termina diciendo Pigna como los críticos intentan hacerle ver que Ariosto se ha apartado totalmente de la Poética de Aristóteles. Y apela a Giraldi para que prepare una contundente defensa de Ariosto. La respuesta de Giraldi no se hace esperar. El 1 de agosto remite a Pigna sus argumentos en una larga carta. En ella, Giraldi reivindica no sólo la figura de Ariosto, sino la novela como género. Giraldi ve en Ariosto el autor de invenciones variadas y placenteras, expuestas con la voz que cada una requiere, sea suave o áspera, grave o alegre, gentil o turbada; ve un autor de sobresaliente capacidad artística a juzgar por la disposición de su obra, por sus descripciones, comparaciones, y, ante todo, por su patetismo y su realismo. En resumen, que de Ariosto atrae a Giraldi su capacidad de adaptarse a todo tipo de requerimientos literarios y estéticos, una capacidad que no duda en comparar con la del camaleón, sin la menor sombra de reproche. Muy al contrario, esa reivindicación de Ariosto se funda en la reivindicación de la autoridad del futuro. Giraldi niega que el único método creativo sea la imitación de los clásicos. Recuerda que a nadie imitó Homero y que el mismo Homero y Virgilio practicaron la poesía que mejor se adaptaba a las necesidades de su tiempo. Los autores de novelas (romanzi) hacen eso mismo, buscar las formas literarias que mejor responden a los tiempos actuales. Pero no sólo los novelistas innovan: el mismo Petrarca no siguió en su Cancionero ni a Horacio, ni a Píndaro; lo mismo puede decirse de Bembo. Y, ante los que niegan a la novela carácter literario por no estar escrita en verso, Giraldi proclama que no es el verso lo que hace al poeta, sino el ingenio y la materia de la composición. ¿No es acaso superior el Decamerón de Boccaccio que no su Teseida, por muy compuesta en verso que esté? Pues bien, Ariosto, que escribió en verso su Orlando, superó a sus predecesores españoles y franceses (Amadís, Palmerín, Primaleón, Lanzarote, Tristán, el ciclo de la Tabla Redonda, etc.) y esta superación no es un producto de la imaginación vulgar, sino del profundo saber de nobilissimi gentiluomini, como fueron Ariosto y su antecesor en el oficio de novelar el conde Mateo Boiardo (SC, 247-253). Pero el elemento fundamental del pensamiento de Giraldi aparece al final de esta carta: su sentido de la verdad. Después de denunciar el espíritu dogmático que domina a los hombres de su época, apela al tiempo como padre de la verdad: Ma il tempo, che è detto padre della verità, e che senza animosità e senza invidia giudica, farà vedere di età in età quanto sia torto il giudizio di coloro che biasimano quello autore che non si puote abbastanza lodare, e che merita piú tosto di essere imitato che ripreso (SC, 252). Y, efectivamente,
el tiempo se va encargando de poner las cosas en su sitio, no sólo
en lo que respecta a Ariosto y al mismo Pigna, sino también -y
este es el propósito de este artículo- en lo que respecta
a la trascendencia teórica de las ideas de Giraldi. La aportación
más valiosa sobre el pensamiento de Giraldi la constituyen los
análisis de C. Guerrieri Crocetti, su editor italiano. Este ilustre
medievalista y humanista tuvo a Giraldi como uno de los focos de interés
de su investigación. Su primera publicación sobre Giraldi
data de 1932 y su edición de los escritos teóricos giraldianos,
que incluye nuevos estudios sobre la obra del ferrarense, se produce en
1973. Entre ambos estudios hay una fuerte disparidad. En 1932 defiende
la tesis del aristotelismo de Giraldi, en abierta oposición a la
idea que había expuesto Spingarn en 1899, para quien Giraldi había
sido el primero en intentar sustraer una porción del arte a la
suprema autoridad de Aristóteles (1899, 162 y 1905, 160). Para
conseguir que Giraldi aparezca como un aristotélico militante,
Guerrieri propone una concepción del realismo y del idealismo -la
que ha sido tradicional en el siglo XX- que sitúa su estética
entre los dos polos. Guerrieri llama a esto intelectualismo y lo define
como una estética no interesada por la representación de
la realidad, sino interesada en el ideal de una literatura superior que,
mediante unos pocos gestos y unas pocas criaturas, expresaría,
gracias a su gravedad y nobleza, la vida apegada y concentrada en ellos.
Esta estética intelectualista se fundaría en los elementos
más significativos y esenciales del aristotelismo, es decir en:
El objeto
estético vivo Pues bien,
con esta concepción hilemórfica del objeto literario trabajaba
Giraldi y así la podemos ver en el discurso de la tragedia y de
la comedia y en el de la sátira. Pero en su esfuerzo por comprender
la novela va un paso más allá. Giraldi, apoyándose
en Aristóteles, insiste en que el elemento esencial de la poesía
está en la ficción y que la fábula es el elemento
central de la obra, frente a la posición antiaristotélica
y retórica, que se orientaba hacia la elocución y veía
en la versificación la esencia poética. Pero si nos quedáramos
ahí, en este aristotelismo superficial, ignoraríamos uno
de los aspectos más valiosos del pensamiento giraldiano. En el
Discurso sobre las novelas, Giraldi corrige a Aristóteles. La obra,
el poema en el lenguaje humanista de Giraldi, es un cuerpo vivo, dotado
de alma y cuerpo, pero esta alma y este cuerpo no se reparten según
el dogma supuestamente aristotélico. El cuerpo giraldiano tiene,
en primer lugar, huesos y nervios. En los huesos se asienta el conjunto
de la obra y por eso se corresponden con la fábula. Los nervios
permiten la coordinación entre las diversas partes del cuerpo y
se corresponden en la obra con el orden o disposición. Y, por último,
el cuerpo está todo él recubierto por la piel y esto es
lo que lo hace aparecer bello: en la elocución radica la belleza
de la obra, siempre que se funde en una sólida estructura ósea
y una articulación nerviosa suficientemente sensible (SC, 53-54
y 143). ¿Qué queda, pues, para ocupar el papel del alma
en la obra literaria? Giraldi deja este interrogante para casi el final
de su tratado. El alma de la obra es la vitalidad, un soplo vital que
recorre desde los huesos hasta la piel, desde la fábula hasta la
elocución y que donde mejor se percibe es precisamente en los elementos
elocucionales. Para Giraldi, dos oradores pueden pronunciar el mismo discurso,
leer la misma fábula, pero el diferente contenido de enárgeia,
de vida puesto por uno y otro hace que no resulte el mismo discurso. Es
decir, que el pensamiento de Giraldi pone el acento, el alma, en el autor,
en el sujeto y su enárgeia. Desplaza el acento de los constituyentes
internos de la obra hacia los externos y por eso percibe y subraya la
dimensión vital, viva, de la obra, sin olvidar los internos -la
elocución, la métrica, el léxico, etc. En este sentido,
Giraldi conecta con una línea de pensamiento platónica que
antepone ingenio y gusto como elementos centrales de la creatividad artística
y literaria. Esta línea de pensamiento, en el marco del humanismo
representada por Patrizi y Bruno, culmina con la estética de Kant,
que, de tan antidogmática, niega la posibilidad misma de la ciencia
estética. La autoridad
de Aristóteles Pero, volviendo
a Giraldi, acabamos de ver un hecho poco frecuente entre los grandes pensadores
humanistas italianos: corregir a Aristóteles. Y no precisamente
en un asunto de detalle. No es la única vez que Giraldi, que admira
a Aristóteles y le conoce profundamente, corrige a la suprema autoridad.
Lo cita como autoridad docenas de veces, pero también lo niega.
Apenas se había separado de él en el Tratado sobre la tragedia
y la comedia de 1543. Sin embargo, a la luz de la novela, la autoridad
de Aristóteles se desvanece y Giraldi no tarda en reconocerlo.
La primera polémica importante que Giraldi aborda se plantea si
son legítimas las fábulas de acción múltiple
frente a las clásicas de acción única o acción
múltiple de un solo héroe. La respuesta de Giraldi legitima
fábulas como las de Orlando furioso que son múltiples y
de varios héroes (Ruggiero, Bradamante, Orlando...) y lo que es
más importante, afirma que las leyes de Aristóteles sólo
sirven para la poesía de una sola acción y dejan de ser
útiles para el resto (SC, 56). Otras críticas
a Aristóteles -de menor entidad- aparecen en el Discurso sobre
la novela. A propósito del principio del decoro que debe regir
la imaginación del novelista, Giraldi se enfrenta a la crítica
del Estagirita a Homero, por permitirle llorar a Ulises ante la atracción
fatal de Escila. Más allá del acierto de tal crítica
y contracrítica, lo que aquí importa es que Giraldi plantea
una interpretación realista. Defiende que las lágrimas de
Ulises pueden ser perfectamente verosímiles y se apoya para ello
en un pasaje de la Ética aristotélica. También a
propósito del epíteto, Giraldi corrige a Aristóteles
(SC, 80-82). Fundándose en la experiencia de Petrarca, niega que
los epítetos deban tener similitud con el sustantivo al que acompañan. En general, puede decirse que la actitud de Giraldi hacia Aristóteles se resume en una aceptación de lo fundamental de sus ideas sin dejar de reivindicar que se puede y se debe ir más allá. La concepción de la creación literaria de Giraldi no se conforma con los límites del dogmatismo -del normativismo antiguo y humanista-, por eso Aristóteles y Horacio le parecen simplistas y sus epígonos, pedantes eruditos. Esta concepción antidogmática se puede ver en cualquiera de los dominios de la creación novelesca que Giraldi analiza: la fábula, el orden, la verosimilitud, el decoro, la elocución y la imitación. Repasémoslos uno por uno. La fábula La fábula
es el elemento central de la novela. Sólo el alma -la vida del
poema- le resulta superior. En las características que Giraldi
atribuye a la fábula novelística encontramos una combinación
inestable de elementos propios de la época con intuiciones de gran
valor que constituyen marcas del género para el futuro. Entre las
notas de época se puede observar la afirmación del carácter
ilustre de las acciones que la componen. Este carácter ilustre
apela a dos cuestiones: la primera que Giraldi conoció un número
reducido de novelas: los Orlandos de Boiardo y de Ariosto, los Amadises,
Palmerines, Primaleones españoles, los Lanzarotes, Tristanes, y
otros de la materia de Bretaña. Es decir, Giraldi sólo conoce
la novela de caballerías, la novela de lo que él llama caballeros
"errantes" ("andantes", en español). Conoce,
pues, la novela heroica más ingenua. Novelas heroicas serán
también las sentimentales amorosas y las de aventuras que se escriben
después. Pero además de esta constatación histórica
cabe una segunda constatación teórica. La insistencia en
la ilustración de la fábula atestigua la presencia de la
frontera entre géneros bajos y géneros elevados que recorre
la Antigüedad. Giraldi trata de situar a la novela ariostesca entre
los géneros elevados, al igual que hizo después Tasso con
las novelas griegas; al fin y al cabo se trata de un género heroico,
que viene a sustituir a la vieja épica. Este esfuerzo por elevar
la novela se constata también cuando le adjudica como objetivo
enseñar una vida honesta y buenas costumbres (SC, 49 y 77). Este
objetivo es una versión más de la catharsis purificadora
de espíritus de la tragedia, que Giraldi se cuida mucho de extender
a la comedia, cuyo objetivo responde a un puro control social (SC, 50
y 200). Sin embargo, tanto el carácter ilustre como el purificador
y educador de la fábula chocan frontalmente con otras dos agudas
observaciones giraldianas: la primera, que en la fábula novelística
se mezclan lo humilde, lo grave y lo mediocre, aunque siempre en proporciones
convenientes (SC, 60). La fórmula de los tres estilos, de enorme
éxito en la Edad Media, es una de las formulaciones posibles para
la teoría de los géneros elevados y bajos. Y el hecho de
que puedan aparecer los tres estilos contradice el espíritu de
la fábula heroica, al menos lo dificulta. El segundo de los elementos
contradictorios es la voluntad estética de "mover los afectos",
según la fórmula giraldiana, que debe presidir la invención
novelística. Movere y docere son los dos fines literarios esenciales
en el pensamiento retorico-literario humanístico. Pero, en este
caso, son insuficientes. Al movere giraldiano le resultan necesarios los
aspectos bajos de la fábula -el delectare (SC, 51-52). Hay en el
pensamiento estético de Giraldi una premonición del patetismo
que hegemonizará la creación literaria de siglos venideros.
Giraldi estaba orgullosísimo del efecto que conseguía con
el suicidio de Orbecche en escena, todo un escándalo para 1541,
a pesar del veto horaciano a este tipo de escenas. Más
allá de estas contradicciones insertas en el discurso giraldiano
-contradicciones productivas, por lo demás-, la concepción
de la fábula en Giraldi está presidida por la idea de la
libertad. Todo cabe en la fábula novelística, el autor debe
conocer el resto de las artes, la variedad más completa será
siempre bien recibida en el seno de la novela y no hay más ley
que la de deleitar y ser útil (SC, 69 y 75). Ese espíritu
de libertad se fragua en la elección de la fábula. Ante
el novelista aparece el dilema: o la tradición o la ficción
(SC, 73). Y, aunque nada le impide construir una fábula con los
materiales de la tradición, si lo hace enteramente sobre la ficción
obtendrá una obra superior, en la que a la más completa
libertad fabuladora le corresponderán otras libertades compositivas
y elocucionarias. En la ficción, esto es, en la más libre
imaginación, reside la superioridad de la novela, porque esta libertad
estimula la capacidad creadora del artista y le obliga a superarse a sí
mismo y a sus modelos. El orden
y la composición También
el concepto giraldiano de orden o disposición compositiva está
presidido por el ideal de libertad. La libre ficción hace al artista
más difícil la ordenación compositiva de la novela,
por la mayor necesidad de recursos. No existe el orden impuesto por un
dogma: ni cabe el principio biográfico -empezar ab ovo y acabar
por el final, lo que se conoce como ordo natularis- ni se debe canonizar
la fórmula aristotélica de comenzar por el centro, ordo
artificialis Dión Crisóstomo había censurado a Homero
por no seguir el orden natural, describiendo la ruina de Troya desde el
origen de la guerra. Giraldi le replica que no conoce poemas como los
que Dión reclama y que, cuando los vea, decidirá si debe
tomarse la fórmula de Crisóstomo o la de Aristóteles
(SC, 55-57). La solución de Giraldi es comenzar por donde más
convenga. Pero quizá mas importantes son las consecuencias de la
libre fabulación en la articulación de las partes de la
obra y en el final. Al aparecer varias acciones de varios héroes,
el autor se ha de esforzar en conseguir atraer la atención del
lector nuevamente ante cada canto -capítulo, diríamos en
la novela moderna en prosa. El poeta épico sólo debía
realizar ese esfuerzo al principio de su poema. La continuidad del tema
único tradicional le dispensaba de trabajos supletorios. Y, de
la misma manera, una fábula compleja acrecienta el interés
por el final (SC, 67-68). En la vieja épica daba igual por dónde
se empezara y por dónde se acabara. La tradición hacía
el tema conocido y no residía ahí la atención del
oyente. La lectura novelística necesita de esa atención
especial que deriva del interés por el final. En palabras de M.
Bajtín, una fábula perfecta, la épica, no necesita
acabado. Una fábula moderna -imperfecta, abierta- exige un esfuerzo
de acabado, precisamente por su esencial imperfección. Verosimilitud,
decoro e imitación Verosimilitud
y decoro son dos tópicos imprescindibles en la orientación
teórica realista, procedentes de la teoría aristotélica
de la imitación. A propósito de la verosimilitud vuelve
a aflorar la tensión giraldiana entre libertad y tradición
teórica. En la tradición humanista del docere Giraldi encorseta
la verosimilitud en la orientación de la obra hacia lo loable y
lo honesto, pero en la dinámica libre de la novela reclama flexibilidad
ante lo maravilloso, porque por eso se llama a los autores poetas. En
esta línea, Giraldi llega a afirmar que el docere depende de la
composición, independientemente de que esté basado en verdades
o en falsedades. E, incluso, formula la paradoja de que las fábulas
y las mentiras tienen muchas veces más verosimilitud que las cosas
verdaderas y posibles que se tienen por imposibles. La explicación
de tal paradoja es que el poeta no es un historiador y, por tanto, no
está sujeto a las leyes de la veracidad. Esto no significa que
sea ajeno a cualquier preocupación de carácter histórico
y, por eso, llama la atención sobre el problema de los anacronismos
(SC, 76-78). El decoro lo entiende como "lo que conviene a lugares,
tiempos y personas". Contra el decoro pecan los dogmáticos
y los pedantes, y los tratadistas de carácter retórico le
parecen lo uno y lo otro. Un ejemplo de tales excesos lo ofrece, según
Giraldi, un cierto poeta llamado Buonincuontro de Palermo que, al parecer,
componía bellos poemas sin sentido. Y a los partidarios del dogmatismo
retórico dedica Giraldi esta máxima atribuida a Platón:
"Por fuerza, quien a las cosas sin importancia atiende, descuida
las importantes" (SC, 80-82). La elocución adquiere una enorme
importancia para Giraldi. La metáfora de la piel le sirve para
explicar que la belleza facial depende de la disposición adecuada
de huesos y nervios, pero también para insistir en la necesidad
de una adecuada disposición de los elementos de superficie (SC,
92). Pero discrepa de la corriente retoricista en su escepticismo ante
la utilidad de las normas, pues, si se las atiende seriamente, se pierde
la coherencia y el sentido de la mesura. El sentido
de la mesura persigue el que lo bello aparezca como natural: que no se
note el arte. Si la labor del crítico, según Giraldi, es
la de mostrar todo el artificio, esto es, la textura y el orden que llevan
al fin propuesto, la del autor será la contraria: borrar sus huellas
en el todo de la obra. Es este principio de la continuidad bello/natural
otra de las exigencias de la estética prerrealista de Giraldi (SC,
94). En cuanto a los mecanismos de selección verbal, métrica
y estilística, Giraldi propugna una gran libertad de dicción,
y criterios flexibles para el problema de los préstamos lingüísticos.
Esta libertad no tiene otro límite que el infantilismo, el vicio
que consiste en confundir la libertad con la suspensión de la responsabilidad
(SC, 95-135). También se muestra crítico a propósito
de la imitación. Giraldi distingue tres tipos de imitación
con criterio retórico: la esencial -la mímesis de Platón
y Aristóteles-, que es sinónimo de ficción; la imitación
de invención y disposición; y la imitación de la
elocución. Su exposición constituye un ataque radical al
criterio vulgar de imitación como simple semejanza ("un certo
aere", SC, 138). Frente a la simple imitación, prefiere la
emulación -imitación con intención de superar el
modelo. Y, sobre todo, proclama la necesidad de superar lo antiguo (SC,
138-143). La estética
de Giraldi Todos los
aspectos críticos de Giraldi tienen en común ese anhelo
de libertad que es un anhelo de creación, de ir más allá.
Esa libertad de acción creativa se complementa con una propuesta
estética. Antes, y de pasada, la he llamado prerrealista. No es
del todo justo llamarla así. La estética de Giraldi Cintio
es la estética del Realismo. Y, sin embargo, la orientación
estética de Ariosto no es precisamente realista, sino más
bien la estética de lo maravilloso, apoyada en numerosos elementos
procedentes de la sátira menipea. En su formación estética
Giraldi no es nada ariostesco. La única objeción que puede
hacerse a ese realismo suyo es que no ha accedido al tiempo histórico,
que caracteriza el gran realismo del siglo XIX. Pero Giraldi, por sus
obras y, sobre todo, por sus ideas, constituye con Rabelais, Cervantes,
Shakespeare y Grimmelshausen la vía más directa de preparación
para un realismo que florecerá con Goethe y que dominará
el siglo XIX y languidece en el XX. El realismo de Goethe ha sido definido
por Bajtín como "el ojo que ve", fórmula que conviene
también a Giraldi. En palabras de Bajtín esa fórmula
significa: "todo aquello que es importante puede y debe ser visto:
todo lo que no se ve es insignificante" (1979, 218). La diferencia
entre la cultura del ojo goetheano y la de Giraldi radica en el peso diferente
en ambas culturas de la sensibilidad del tiempo en la naturaleza y en
la vida humana. En Goethe la profundización en la temporalidad
que se produce a lo largo del siglo XVIII ha preparado el terreno para
la manifestación del tiempo histórico en la creación
literaria. "Lo visible fue para él, no sólo la primera,
sino también la última instancia, donde la visibilidad ya
se haya enriquecido y saturado con toda la complejidad del significado
y del conocimiento" (Bajtín 1979, 219). La necesidad
de ver es el eje de la estética de Giraldi, de ahí su insistencia
en la enárgeia. Después de un laborioso intento de describir
esa necesidad, Giraldi recurre a un relato: el de las vicisitudes de Leonardo
da Vinci pintando La última cena. La comparación de poesía
y pintura resulta muy del agrado de Giraldi, que ve en la poesía
una pintura dotada de vida y raciocinio. La imagen de Leonardo ante su
celebérrima Ultima cena le sirve para proporcionarnos su mejor
lección de estética literaria. El relato es puesto en boca
del padre de Giraldi, Cristóforo. Leonardo había pintado
La Cena Sagrada en un convento milanés. Mejor dicho, había
pintado a Cristo y sus once discípulos leales, pero le faltaba
la cara de Judas. Y como la obra llevaba detenida más de un año
sin que Leonardo se decidiera a acometer el rostro del traidor, la maledicencia
de los frailes llegó a oídos del duque, mecenas de la obra.
La insistencia de los frailes obligó al duque a llamar a capítulo
a Leonardo y, con toda prudencia, hubo de llamarle la atención,
obteniendo la seguridad de que el gran pintor dedicaría dos horas
al día a culminar su trabajo. Pero los meses pasaron sin que Leonardo
diera señal de dedicarse a culminar su trabajo y la maledicencia
de los frailes subió a límites insospechados. El duque hubo
de intervenir reprochando a Leonardo su nula aplicación a la tarea.
Leonardo explicó su secreto: dedicaba más de dos horas al
día a buscar en los peores barrios de Milán el rostro de
algún taimado que contuviera la dosis imprescindible de criminalidad
y perversidad que cabía suponerle a Judas. Si no veía ese
rostro no podía pintar al último de los apóstoles.
Claro, que en poco tiempo el rostro del padre prior le serviría
de modelo. El duque rió con gusto la genialidad del gran artista.
Por cierto, que no hizo falta que Leonardo tomara al padre prior de modelo.
Un solo día después de la entrevista ducal encontró
la figura perversa que había buscado durante dos años. Y
en pocas horas estuvo en condiciones de dar su trabajo por terminado (SC,
164-166). Pasado y
futuro en el pensamiento de Giraldi Pero sería
un error pensar que la actitud antidogmática y renovadora de Giraldi
ante el pensamiento literario procede únicamente de esa estética
realista, de esa necesidad de ver, necesidad de vida. Esta estética
es sólo una forma histórica, aunque avanzada, de una actitud
ante el pasado y el futuro que marca el destino de la teoría de
la novela. En el siglo XVI va tomando fuerza una corriente de pensamiento
que sólo reconoce como fuente de autoridad el pasado. A esa corriente
que impone su hegemonía en este siglo la he llamado dogmatismo
y, más exactamente, habría que llamarla dogmatismo racionalista,
para distinguirlo del viejo dogmatismo medieval. No hay ningún
dominio ideológico que quede libre de esa hegemonía. En
verdad, la historia del siglo XVI europeo es la historia de la transición
de un dogmatismo religioso a un dogmatismo humanista. Las nuevas fuentes
de autoridad se encuentran en la Antigüedad clásica. En el
dominio literario eso significa la sacralización de Aristóteles,
Horacio y los retóricos -Cicerón, Quintiliano, Hermógenes.
De la negación medieval de la poesía como fuente de verdad
pasamos, gracias a este dogmatismo humanista, a su legitimación.
Pero, como suele ocurrir en la historia cuando alguna versión del
dogmatismo se tambalea, surgieron entonces también alternativas
ideológicas antidogmáticas de una insospechada profundidad
y calidad ideológicas. En el pensamiento literario, Giraldi y,
en España, Alonso López Pinciano, representan esa alternativa.
En la creación, Cervantes, Rabelais, Shakespeare también
han sido, más que reconocidos, intuidos por la crítica moderna
como un más allá de las fronteras de su tiempo. En la obra
de Giraldi, el anhelo de libertad y su orientación hacia el futuro,
y hacia la novela, el género del futuro, son las muestras más
evidentes de esta alternativa al dogmatismo. Pero, a lo largo de su obra
crítica, hay nítidos elementos de reflexión puramente
ideológicos que son útiles para diseñar una crítica
del dogmatismo. Hay, por ejemplo, elementos de reflexión histórica.
Las artes le parecen a Giraldi objetos de renovación permanente
y difícilmente pueden alcanzar sus metas aquellos que orientan
su creación a la imitación de modelos antiguos, o los que
pretenden comprender cualquier novedad desde las pautas de Aristóteles
y Horacio. El dogmatismo necesita modelos: artísticos y teóricos,
y esos modelos rechazan la innovación. La reacción antiariostesca
de que dan cuenta Pigna y Giraldi es algo más que un movimiento
crítico ante un escritor; es una reacción ante un género
nuevo e inclasificable. La recomendación de Giraldi ante la involución
dogmática es seguir el uso del tiempo. Giraldi no alcanza a ver
en cada objeto la lucha permanente entre el pasado y el futuro, pero no
captar en su totalidad esa tensión no le impide ver el cambio de
los tiempos: Molte cose che in un tempo potrebbono parer biasimevoli, si fanno degne di loda in un altro (...) E molte altre che ai primi tempi parevano degne di loda, per la mutazione dei costumi, delle nature degli uomini, de' cieli e delle regioni diversissime, divengono o non pregiate o biasimevoli. E tengo io meglio seguire l'uso de' tempi, al quale abbiano dato riputazione degni scrittori, che seguire le vestigia di coloro che a que' tempi scrissero, nei quali simile uso non era introdotto. Perché l'uso delle cose che l'età e il tempo ci apporta, è di grandissimo momento in tutte le azioni del mondo (SC, 72). Estas ideas
aparecen hoy como ingenuidades. Pero sería un gran error pensar
así. Un historiador de las ideas no puede prescindir de la perspectiva
ideológica que cada tiempo tiene. Y en el siglo XVI tiende a consolidarse
un dogmatismo racionalista, que llegará a ser omnipresente en el
siglo siguiente. En ese marco la ingenuidad que tienen esas palabras para
un lector del siglo XX adquiere un sentido profundamente distinto: el
sentido de la reacción radical contra el signo de los tiempos.
Por eso, Giraldi se atreve a señalar el simplismo con el que Aristóteles
y Horacio entendieron el acto de la creación literaria. Por esa
razón, proclama la necesidad de superar lo antiguo y señala
el camino de la emulación (la imitación que pretende superar,
como declara Cervantes a propósito del Persiles y de Heliodoro
en el prólogo de las Novelas ejemplares). Y, por eso, proclama
la superioridad de la ficción innovadora frente a la tradición,
como fuente creadora. Un último argumento a favor del antidogmatismo
de Giraldi lo retomo de su teoría de la perfección. La idea
de la perfección de Giraldi es también en apariencia vulgar.
Puede resumirse en este axioma: toda obra nacida de la mano del hombre
es imperfecta, es humana y no divina. Y lo explica de la siguiente manera:
todos los bienes que el cielo nos da a los mortales están repartidos
entre los hombres y no se encuentran jamás en uno solo (SC, 64).
Una visión dogmática encuentra la perfección en el
pasado, en aquella zona auroral en la que los humanos se daban la mano
con los dioses, aquella región -como dirían los románticos
alemanes- en que la naturaleza y el arte no se habían divorciado
todavía, la región de los ideales: el mundo de los clásicos.
Pero afirmar la imperfezione della natura nostra supone creer en la lucha
contra esa imperfección. El destino del género humano es,
para la modernidad, la búsqueda de una perfección en el
futuro, meta inasible que obliga al esfuerzo y a la superación
permanente. Es esta idea inequívocamente moderna. Octavio Paz ha
explicado este concepto de la perfección, hijo de la Ilustración,
que a nosotros nos parece tan obvio, pero que, desde el punto de vista
de otras culturas, se presenta -como observa O. Paz- incomprensible (Los
hijos del limo, 37). Pero hasta
aquí podemos ver que ese sentido de lo perfecto se proyecta como
un ideal en el futuro, en ruptura con la perfección en el pasado.
En las líneas siguientes a este argumento, Giraldi se detiene a
explicar el poco sentido que tiene actualizar a Homero, en un siglo que
nada tiene que ver con aquel pasado glorioso pero remotísimo. Pero
hay en esa breve proposición otro elemento más: la idea
de que el género humano vive atomizado en individuos, que se reparten
los bienes celestes, y sobre todo, el más preciado de ellos: la
conciencia. Esta es la idea básica del llamado dialogismo bajtiniano,
a saber, que la conciencia humana -llámese general, social o de
clase- no cabe en los límites de una sola conciencia individual.
La pretensión de la unidad de la conciencia es la base del dogmatismo,
cuya materialización social siempre ha pretendido la sumisión
de la colectividad a un solo individuo, ya sea el más sabio o el
más poderoso. Contra esa sumisión a Aristóteles -o
a Horacio- se rebela Giraldi Cintio. Pero la negación
de la sumisión de la colectividad al individuo superior tiene también
su dimensión positiva: la propuesta de un nuevo tipo de relaciones
humanas. Cuando Giraldi explica cómo debe aprender un autor a escribir
le da dos consejos: el primero, el estudio, la observación atenta
de lo que escribieron antes que él, con la intención de
comprenderlo y superarlo. Así hizo Ariosto con Boiardo y con el
Amadís. Y el segundo, dialogar con hombres sabios, como hizo el
propio Giraldi con el mismísimo Ariosto. Esto es, aprender del
punto de vista del otro, dialogar, buscar la verdad en el punto de encuentro
entre varias conciencias. La inspiración (el ingenio) sigue en
el puesto de mando, pero aparecen nuevas vías para el aprendizaje. La significación
de la teoría de la novela de Giraldi Hay pues,
en la teoría de la novela de Giraldi una poderosa paradoja: el
profundo compromiso con su tiempo y una no menos profunda intuición
del futuro. Ese compromiso con su tiempo es un compromiso con la novela
heroica que representan el Orlando y el Amadís. Pero también
es la propuesta de ideas que hoy nos mueven a risa. Me refiero a la pretensión
de Giraldi de que el origen de la novela hay que buscarlo entre los druidas
y el estrecho parentesco entre el francés y el griego, o de que
Homero fue un gran poeta porque en Grecia hay abundancia de vinos excelentes
y por haber tenido el mismo Homero una naturaleza proclive al vino. Naturalmente,
estos episodios no pasan de lo anecdótico y pretender que no existieran
sólo cabe desde una sacralización que el mismo Giraldi combate
sin cuartel. La intención
de futuro nace precisamente de su compromiso con el presente, con la novedad
que significa la novela en la perspectiva de la revolución de los
géneros literarios que se va larvando en la Edad Media y que estalla
en el Renacimiento. Esta dimensión de futuro está ausente
de sus discursos sobre la tragedia y la comedia o sobre la sátira.
Giraldi no pasa en ellos de ser un tratadista, más o menos afortunado,
de su tiempo. Apenas se desvía en un par de ocasiones de Aristóteles
en su Tratado sobre la tragedia y la comedia, y esas desviaciones son
asuntos menores. En todo lo fundamental Giraldi es en ese tratado aristotélico.
Y el discurso sobre la sátira está, a pesar de su fecha,
mucho más próximo en sus ideas al discurso de la tragedia
y la comedia que al de la novela. Es este género, la novela, la
causa de que se desborde la enorme capacidad intelectual de Giraldi y
de que aparezca su voz más profunda y original: la del antiautoritarismo. Sin embargo,
este compromiso con el género estuvo ausente en la obra de G.B.
Pigna. Pigna intrepreta la novela como un género afín a
la épica. Su reflexión sobre el Orlando furioso se basa
en la heroificación. Sin embargo, la novela se funda en otras leyes:
no respeta la unidad de héroe y acción, y sustituye el fundamento
histórico por la tradición. Aun con todo, Pigna encuentra
más elementos comunes que divergentes: la intervención de
la divinidad en asuntos humanos, la representación de personajes
excepcionales, el decoro de los personajes, etc. En cuanto a la unidad
del héroe, Pigna cree que siempre se puede encontrar en la novela
"un huomo (...) il quale sia sovra tutti gli altri celebrato; et
cosí con gli epici concorrono col pigliare una sola persona"
(I romanzi, 26, apud Guerrieri 1932, 7). Otros aspectos comunes son la
agnición, la peripecia, la verosimilitud, la conveniencia y coherencia
de los episodios. En su entusiasmo por aproximar la novela a la épica, Pigna reivindica para la novela el nivel de nobleza y decoro de una poesía de clase, fundada en una tradición erudita, sobre una base de conocimientos mitológicos e históricos (p. 91). No todas responden a esa orientación, las hay bajas y groseras, como las españolas. Guerrieri Crocetti (1932, 6-11) retomó las ideas de Pigna, que se adaptaban a su concepción mejor incluso que las de Giraldi: De esta manera, evitando y superando la plebeyez de la materia caballeresca, con decoro de la representación, altura y variedad de sabiduría, prestigio de doctrina, el romanzo se pudo acercar a la epopeya. Esto logra hacer L. Ariosto. Pigna siente el severo espíritu crítico que anima al Furioso (1932, 9). El argumento
pignano del parentesco entre la Eneida y el Orlando le sirve a Guerrieri
para reforzar su posición. Frente a
esa solución que negaba el reconocimiento de la novela se observa
una orientación contraria. B. Tasso ("Lettera a G.B. Giraldi
Cintio", 1557) y C. Pellegrino (Il Carrafa, o vero della poesia epica,
1584, y "Replica", 1585) apuntaron la novedad de un género
bajo, popular. B. Tasso veía en ello un rasgo positivo; Pellegrino,
en cambio, lo veía negativamente. Y, aunque esta posición
era más acertada, no podía prosperar, porque el pensamiento
literario humanista no podía admitir en su seno un género
bajo. La única solución posible era la de Giraldi: elevarlo
al nivel de los géneros supremos, la épica, la tragedia,
la poesía, en suma. Sólo G. Bruno pudo haber retomado la
línea abierta por Giraldi. Su fundamento antidogmático está
presente en Los furores heroicos, pero no se detiene en el debate sobre
la novela (Weinberg 1961, 991-1025). A pesar de
un cierto éxito -discutible- de las ideas de Giraldi, que, según
los estudiosos del género llamado "épica culta",
tuvieron una poderosa influencia en autores italianos y españoles
y de la influencia que sus estudiosos, como Guerrieri Crocetti, han extendido
con demasiada generosidad, hubo que esperar más de un siglo, hasta
1670, para que sus ideas fueran tomadas tan seriamente como merecen. En
ese año Pierre-Daniel Huet dio el segundo gran paso en la historia
de la teoría de la novela. Giraldi y
la historia de la crítica La novela
es el factor más desestabilizador de la teoría literaria.
Sin la novela, la teoría de los géneros, la teoría
literaria misma, pueden presentar un panorama de orden y equilibrio relativos.
Por eso la teoría canónica de los géneros ignora
la novela. El conjunto del pensamiento literario -el lenguaje literario,
la estética literaria- ha partido de la poesía, ignorando
la novela. Los teóricos de la novela -Giraldi, Huet, F. Schlegel,
Bajtín- han venido a desestabilizar los panoramas del pensamiento
literario de su época. No es extraño que hayan encajado
mal en esos panoramas. Sus lecturas se traducen en una evidente disparidad
de interpretaciones. Esa disparidad es el resultado de intentar conciliarlos
con un entorno teórico incompatible con ellos. Ese entorno es el
remanso teórico de la tradición. Los teóricos de
la novela irrumpen en la teoría tradicional con propuestas de futuro:
el realismo enriquecido con la libre invención, en Giraldi; la
poesía romántica, en F. Schlegel; la polifonía, en
Bajtín. Esas rebeliones ante el apacible discurrir de la tradición
literaria y del pensamiento jerárquico y estático que la
acompaña son castigadas con el azote de Babel. La ejecución
de esos azotes de Babel tiene lugar en la arena de la historia de la crítica.
Weinberg, Hathaway, Aguzzi-Barbagli y antes Spingarn o Guerrieri, encontraron
un panorama en el que casi todo estaba por hacer. La solución más
fácil para ordenar el gran debate que tuvo lugar en el Renacimiento
italiano, la vanguardia del humanismo, fue alinear a los tratadistas por
autoridades: horacianos, aristotélicos, platónicos y retóricos.
Esta solución tenía una rápida justificación,
aunque superficial. El problema se produce al tratar de sacar conclusiones
de ese alineamiento. Se interpreta a los aristotélicos como racionalistas,
realistas y dogmáticos; a los platónicos, como irracionalistas
y partidarios de la libre fantasía. Y no siempre fue así.
Giraldi no estuvo especialmente interesado por un dogma en concreto -ni
el aristotelismo ni el platonismo- y, sin embargo, fue un realista. Eso
sí, un realista peculiar. Se esforzó en adaptar elementos
de la libre imaginación a una estética esencialmente realista.
Por eso, sería un método mucho más solvente oponer
los partidarios de la utopía realista -en general, aristotélicos
y afectos a la teoría de la imitación- a los partidarios
de la utopía de la libre imaginación -o de lo maravilloso,
como dicen los tratadistas. La verosimilitud contra lo maravilloso: esa
es la gran opción. Y bajo esa opción se deslizan otras más
sutiles e importantes: la que enfrenta a los partidarios de limitar la
poesía al mundo de la cultura -a las clases superiores- con los
partidarios de dar entrada en ese mundo a las clases populares (Castelvetro,
por ejemplo); o la que opone a dogmáticos racionalistas con los
antiautoritarios. Patrizi fue platónico, pero también fue
dogmático a su manera. Castelvetro fue aristotélico, pero
su talante está bien lejos del dogmatismo de Minturno. Giraldi,
sin romper totalmente con Aristóteles, fue un espíritu innovador
y antiautoritario. No dispuso un corpus teórico global, pero sí
afrontó sus tareas con un espíritu profundo y abierto, aunque
resultara efímero. |
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