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La obra
de J. L. Rodríguez ha transcurrido por géneros que van desde
la poesía al ensayo, pasando por el relato y la novela. Domina
esta obra un espíritu hermético que le ha dado un carácter
minoritario. Su último libro, El ángel vencido, trasciende
esa orientación minoritaria y es, sin duda, su mejor obra, una
gran novela. Es una novela histórica, pero es también algo
más. Es novela histórica en cuanto gira en torno al drama
existencial de un personaje histórico, el implacable predicador
Girolamo Savonarola y su ascenso y caída. Pero esta obra guarda
una prudencial distancia con el género de la novela histórica.
Esta novela es sobre todo una reflexión sobre el fracaso de la
utopía, los peligros del dogmatismo y del autoritarismo y, por
último, de la locura que la vía utópica suele llevar
aparejados cuando se decide a optar por el poder con el voluntarismo como
arma decisiva. Esa reflexión no se limita al relato de unos hechos
extraordinarios. El estilo también contribuye a la tarea. El narrador-testigo
de esos sucesos extraordinarios los recoge del espejo al que Savonarola
se enfrenta en su última noche en la celda del Bargello. El discurso
de la novela es a la vez una rendición de cuentas posibilitada
por el carácter especular del relato y un informe que pasa de generación
en generación gracias, entre otros, a un judío errante,
que no es otra cosa que la imagen de la resurrección del propio
Savonarola, un hombre que no puede morir. De esta forma la reflexión-rendición
de cuentas supera la forma dramática de la biografía del
predicador ferrarense, para ofrecer no el apocalipsis sino la salvación.
Más que la denuncia de un mundo corrupto para el que no caben soluciones,
esta novela testimonia la esperanza en la fuerza trasformadora del género
humano, que no renuncia a las mayores tareas pese a las derrotas.
J. L. Rodríguez se ocupó ya de Savonarola en un poema recogido
en el poemario Luz de Géminis, de 1992. Allí el poema no
sobrepasa la forma dramática. El poemario exponía una estética
hermética: la lucha entre el crepúsculo y el alba, la serenidad
y la furia, la noche y el sol. Esa estética hermética está
también en El ángel vencido, en sus símbolos: el
espejo, el judío errante, el ahorcado y la hoguera, los prodigios
del nacimiento, y sobre todo en la figura del propio Savonarola y su lucha
a muerte con el poder. El recurso al hermetismo no es nuevo en la obra
de Rodríguez García. Además de sus poemarios -como
Luz de Géminis y En la noche más transparente-, sus novelas
han llevado el sello de esa misma estética incluso en sus expresivos
títulos: Manos negras, Al final de la noche...
Pero el hermetismo está aquí superado por una reflexión
que va más allá de los límites de una época,
que no se orienta a la sublimación de las debilidades ni de la
derrota de la utopía, que se funda en la inmensidad del espacio
y del tiempo de las generaciones y de las grandes tareas humanas, y que
es capaz de percibir esa inmensidad y de rentabilizarla generosamente.
Esa reflexión se basa en una confianza renovada en las posibilidades
y necesidades reales del género humano, que responden a exigencias
de la naturaleza y son inseparables de la naturaleza humana. Y eso es
lo que viene a expresar el último capítulo de la novela.
Tales posibilidades, necesidades, exigencias no pueden ser reprimidas
ni olvidadas, son tan reales como la naturaleza humana y, por eso, antes
o después han de abrirse camino hacia su completa realización.
El hombre rebelde, el moralista implacable son figuras que no pueden morir.
El judío errante es ese hombre de bien de eterna presencia, pese
a su discontinuidad. En suma, el giro a la esperanza supera los límites
angustiados del hermetismo. Ese giro está ya prefigurado en las
últimas obras de Rodríguez García: Al final de la
noche -novela-, Pentateuco para náufragos -poesía- y Fotogramas
del diluvio -relatos-. El ángel vencido viene a concluir ese giro,
apostando decididamente por la superación de los límites
de la derrota y de la muerte. Esta es la lección que viene a ofrecer
el Savonarola de J. L. Rodríguez García.
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