Autoridades
académicas, Señor Encargado Cultural de la Embajada de
los Estados Unidos, maestro Igor Barreto, profesora Carmen Leonor Ferro,
amigos todos,
es un
gran honor para mi representar al Doctor Massimo Gilardi, Director del
Instituto Italiano de Cultura, quien lamenta mucho no poder presenciar
a este hermoso e importante acto, y es un gran placer pronunciar unas
palabras en la presentación de la antología “Antonia
Pozzi. La puerta que se cierra”, en cuya edición, que corrió
a cargo de la profesora Carmen Leonor Ferro, colaboró el Instituto
Italiano de Cultura.
Esta colaboración no es ocasional sino que constituye un acto
debido a la comunidad italovenzolana y al País que generosamente
la acogió y es parte de un programa de edición, promoción
y difusión de producciones italovenezolanas e italianas. Esta
colaboración se justifica por la existencia en esta tierra de
gracias de un grupo de poetisas de origen italiano, o vinculadas a Italia,
que constituyen una vanguardia empeñada en demostrarnos que antes
fue la poesía y luego la palabra. Que antes fueron los sonidos
y que solamente después de infinitas modulaciones estos sonidos
se armonizaron en palabras significantes y referenciales. Que aun así
ninguna palabra se despojó de su especial fuerza creadora de
sensaciones, emociones, afectos, y que cada palabra evoca las imágenes
que guarda celosamente en sí.
Todas estas poetisas tratan de revivir la significación prístina
de las palabras a nuestros oídos heridos por el bullicio en el
que nos estamos confundiendo y a nuestro espíritus desorientado
por los señuelos de lo intrascendente. Así, tratándose
de poesía genuina además de revivir las palabras y su
fuerza creadora, se abren puertas y se arroja luz y verdad sobre los,
las que fueron calladas por las tropelías de la historia.
Cuando Antonia Pozzi (1912-1938) tuvo algo que decir se la encerró
tras las puertas de la indiferencia. Bien sabemos por el Eclesiastés
que donde abunda sabiduría, en este vano mundo, abunda sufrimiento
y mejor todavía la sabía Antonia. Sin embargo, cuando
murió con tan solo veintiséis años no dejó
baldío el capo de la poesía femenina italiana pues tenía
siete años la poetisa que de cierta manera tomó el relevo:
y también Alda Merini (21.3.1931) pagó con la segregación
siquiátrica y con el castigo del electrochoque su empeño
en decir las cosas como son y su obstinación de vivir en su propia
carne el desgarro de las pasiones y en su espíritu él
de la honestidad intelectual.
Actos como éste abren puertas y derrumban paredes, convirtiendo
espacios académicos ensimismados en bucólicos vergeles
en donde el delicado estruendo de la poesía prive sobre el rigor
filológico.
Gracias por regalarnos esta velada.