ALBERTI,
GHIBERTI y BOTTICELLI: TRES GENIOS DEL QUATTROCENTO.
Por:
Chacón, Francisco
Zavala, Angynés |
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INTRODUCCIÓN
Se entiende
por RENACIMIENTO el periodo de renovación ideológica y artística
que durante los siglos XV y XVI comienza en
Italia y se extiende al resto de Europa, dando paso de la Edad Media a
la Moderna. Su característica esencial es la admiración
del clásico grecolatino, de ahí el nombre de Renacimiento,
pues se supuso que había "renacido" todo el esplendor
de los antiguos griegos y romanos. Los renacentistas consideraban esta
cultura clásica como la realización máxima del ideal
de perfección e intentaban imitarla en cuanto podían.
El Renacimiento es un fenómeno fundamentalmente italiano, que aunque
se extendió rápidamente a otros lugares de Europa guardó
en cada uno de ellos unas características propias tan definitorias
y en algunos casos tan profundos que puede hablarse de varias clases de
Renacimientos, lo cual enriquece su concepto genérico. Es natural
que fuera en Italia donde naciera este movimiento de renacimiento de los
clásicos. Para empezar, es en esta península donde el Imperio
romano tenía su centro de gobierno y los días gloriosos
del Imperio todavía se recordaban con añoranza. Además,
la península itálica nunca se había visto implicada
íntimamente en la corriente internacional del gótico sino
que sus manifestaciones medievales habían tenido un carácter
muy particular, siempre más ligado a su propia tradición
románica y clásica que a las evoluciones estilísticas
de Francia, el gran rector del estilo gótico. Amén de que
en prácticamente todas las ciudades se encontraban restos arqueológicos,
arquitectónicos y escultóricos del antiguo Imperio, que
favorecieron el estudio de esta cultura grecolatina. También favoreció
este redescubrir el mundo clásico la emigración de numerosos
eruditos, intelectuales y artistas desde Bizancio, conquistada por los
turcos, trayendo consigo manuscritos de grandes autores helenos y romanos.
Además, Italia, fraccionada en numerosos estados ricos y con fuertes
personalidades al frente de sus gobiernos, llenos de numerosas y florecientes
ciudades, con un sentido realista de la política y la economía,
era el país que mejor podía favorecer una vida y una cultura
como la del Renacimiento, basada en el Hombre y la Naturaleza.
Esta vuelta a los clásicos fue, sin embargo, más que una
causa, una consecuencia. Los ejes de esta renovación son varios,
mas el pilar más llamativo es la nueva corriente de pensamiento,
el Humanismo, así llamado por ensalzar con preferencia las cualidades
propias de la naturaleza humana. Su nuevo enfoque, que rechazaba la visión
teocrática del Medioevo, defendía una concepción
antropocéntrica del Universo, un papel central del individuo y
sus actos. Consecuentemente, el humanista se interesa por el Mundo que
le rodeaba, de ahí su amor a la naturaleza, del mismo modo que,
apoyándose en esta reintroducción de la sabiduría
grecolatina, defiende la Razón para solucionar los conflictos humanos
y busca un ideal de equilibrio y armonía. Este antropocentrismo
fue lo que le llevó a girar los ojos hacia los valores de la cultura
clásica.
Tiene el Humanismo su cuna en Italia, y si bien comenzó a gestarse
en el siglo XIII, se desarrolló durante los XIV y, sobre todo,
XV en toda la Europa Occidental. Lo que condujo a la aparición
del Humanismo fue la profunda inquietud por una renovación espiritual
latente ya en el Hombre de la Alta Edad Media, el cual, viendo cómo
se debilitaban las tres instituciones básicas de la sociedad de
su tiempo, el Pontificado, el Sacro Imperio y las Universidades, sentía
que no eran ya suficientes para la consecución de sus nuevos ideales
los principios en que se había basado la vida medieval, por lo
tanto debía buscar otros pilares en que apoyar su nueva ideología.
Con este anhelo de renovación, se fijó en los modelos clásicos
y dio un profundo viraje a lo que habían sido su modo de pensar,
pasando de una sociedad colectivista y teocéntrica a la exaltación
del individuo y la Naturaleza. Rompió con escolasticismo medieval,
las filosofías basadas en las doctrinas aristotélicas, y
se inclinó hacia las escuelas neoplatónicas, filtradas por
el cristianismo. El Humanismo halló en la antigüedad clásica
el perfecto modelo que sí correspondía con su nueva ideología
y concepción del mundo, lo que le llevó a reverenciarla
e imitarla, considerándola el máximo exponente de perfección
a que podía aspirar el ser humano. Su finalidad era un nuevo examen
del Hombre y su Mundo, tomando como maestros y ejemplo los autores clásicos.
Hombre y Naturaleza, desligados de todo su sentido trascendente y sobrenatural,
se convierten así en los dos polos de la cultura y la vida renacentista.
Dado el pensamiento antropocéntrico del humanista, su principal
campo de estudio son las ciencias humanas, y especialmente las filologías
clásicas, progresando con ello ampliamente la lingüística.
Los humanistas realizaron la labor de rastrear por doquier antiguos textos
griegos y latinos, copiándolos, traduciéndolos, comentándolos,
empapándose de la cultura clásica; numerosas obras prácticamente
olvidadas, copiadas durante siglos mecánicamente por los monjes,
son rescatadas del fondo de las bibliotecas y las intelectuales exiliados
de Bizancio traen consigo otra gran cantidad de manuscritos antiguos.
Pero para que los clásicos pudieran hablar en su genuino lenguaje
era menester librar sus textos de las interpolaciones, deficiencias y
errores que habían sufrido con el paso del tiempo y las sucesivas
copias, lo cual requería un amplio bagaje de conocimientos históricos,
geográficos, lingüísticos, arqueológicos, etcétera,
y de esta ardua faena se encargaron los humanistas. Más no se limitaron
exclusivamente a un aspecto técnico en sus estudios sino que buscaron
en los escritores clásicos la confianza en la inteligencia del
Hombre y el amor a la naturaleza. También la anatomía humana
fue objeto de cuidadosos estudios por parte de los científicos,
que se preocupaban por dibujar con todo detalle sus descubrimientos, con
lo que el papel del dibujante toma una relevancia inusitada hasta el momento.
El invento de la imprenta fue de suma importancia para la rápida
y amplia difusión del pensamiento humanista desde Italia al resto
de Europa.
Este volver a centrarse en lo humano, no obstante, no significa en absoluto
un abandono de lo divino, que tan fuertemente había marcado toda
la sociedad, cultura, ciencia y arte durante la Edad Media. Bien al contrario,
la religiosidad, y en concreto el cristianismo, sigue bien presente en
todas las facetas de la vida durante el Renacimiento. El humanista valora
el Mundo Antiguo como contribución al cristianismo. Lo divino es
revisado desde la perspectiva humana para dotarlo de una mayor significación:
Dios trata de hacerse inteligible a la razón humana, en lugar de
limitarlo a la emoción de la fe.
Cierto que fue una minoría de banqueros, filósofos, intelectuales
y artistas quienes llevaron a cabo esta renovación cultural, pero
no es menos cierto que el Humanismo fue calando en todos los campos de
la sociedad. Esta renovación en todas las parcelas de la cultura
humana, filosofía, ética, ciencia, arte, etc., estaba encaminada
a la hechura de un Hombre que fuera compendio de todas las perfecciones
físicas e intelectuales y en el que la razón dominara sobre
la pasión. De aquí surge la figura del cortesano, diestro
en letras, ciencias y armas, docto en todos los campos del saber y las
artes, valiente, refinado, gentil, modesto, universal. La frontera entre
letras y ciencias no existían, el intelectual debía estar
ducho en todos los campos del saber, interrelacionados y complementarios.
El Hombre integral, el genio múltiple en quien se concilian todas
las ramas del saber en una actitud fecunda, fue la gran creación
del Renacimiento, que cristalizó en figuras que mantienen viva
la admiración de los tiempos, como Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel,
Rafael Sanzio, León Battista Alberti, Lorenzo Ghiberti, Sandro
Botticelli...
DESARROLLO
El RENACIMIENTO es
una de las épocas más importantes para el devenir histórico
y artístico de Occidente. Gran cantidad de las más importantes
obras de arte se realizan en esta época, reconociéndose
por primera vez las artes plásticas como tales y el valor del trabajo
intelectual del artista. Amén del redescubrimiento de la cultura
clásica que tanto influiría en épocas posteriores.
Es en el Renacimiento cuando surgen algunos de los más grandes
genios universales de arquitectura, escultura, pintura y todos los campos
del saber, como Filippo Brunelleschi, León Battista Alberti, Donatello,
Lorenzo Ghiberti, Masaccio y Sandro Botticelli.
Características
del arte del Renacimiento.
También en arte se pretende un resurgir del mundo Antiguo. Se intenta
revivir el estilo clásico, considerado feliz culminación
del esfuerzo del Hombre por lograr un canon de perfección, acatándose
como definitivo cuanto el genio de helenos y romanos produjo en todas
las artes.
Mirando hacia los clásicos, el arte del Renacimiento se inspira
en un concepto de belleza abstracta basada en arquetipos, es decir, cánones
que se ajustan a una previa y calculada concepción de lo bello
entendido como exactitud y proporción. Y en la elaboración
de esta idea de belleza abstracta entra en juego de forma decisiva el
sentido razonador del renacentista, quien, sin negar del todo la inspiración,
le asigna una modesta parte en el acto creador, pues considera que la
belleza del arte surge de leyes que establecen relaciones numéricas
exactas. El número, la proporción, la regla de oro, la armonía,
el orden, en fin, están presentes en todas sus obras; infundiendo
así, una seguridad y reposo que se traduce en una sensación
de serenidad, equilibrio y armonía. La pintura y la escultura,
salvo en raras ocasiones, se propusieron dar una imagen plácida
y serena de la realidad, y la arquitectura, en su contenido juego de líneas
y volúmenes, aspiraba a presentarse como una totalidad orgánica
en la que cada una de sus partes ejerciera su función sin esfuerzo
alguno. Sin embargo, este principio idealista no excluía la obediencia
a la naturaleza, tomada como modelo y maestra de sabiduría infalible.
El estudio de la armonía, de la luz, de las leyes ópticas
responde al afán del artista por acercarse a la naturaleza y poder
representarla con toda la apariencia de realidad posible. La observación
infatigable del Mundo es la virtud cardinal del artista.
En líneas generales, se pude considerar el arte renacentista como
una exaltación del Hombre y el Mundo, los dos ejes que guiaban
el pensamiento humanista de la época. Este antropocentrismo, unido
al hecho de que el placer de los sentidos ya no se consideraba sospechoso
de herejía y por lo tanto no había razón para privarse
de las imágenes sensuales y los sonidos evocadores, y apoyado por
el nuevo mecenazgo de la burguesía, hizo brotar en el arte nuevos
géneros, perdiendo el arte religioso la total hegemonía
que había mantenido durante el gótico, si bien su importancia
continuaba siendo enorme. Con la revalorización del mundo grecolatino,
a los temas cristianos se les suma ahora los relatos de la mitología
romana y helena, frecuentemente con trasfondos religiosos, incluso mistéricos,
y a veces de difícil interpretación excepto para círculos
restringidos; el retrato se consolida como tema específico, consecuencia
de los deseos de los mecenas burgueses de verse inmortalizados; merced
a la revalorización del ser humano se cultiva buenamente el desnudo,
prácticamente inexistente durante el Medievo; autores como Uccello
hacen surgir en pintura el tema de las batallas.
En definitiva, el objetivo último del arte del Renacimiento fue
hacer obras inspiradas en principios inmutables que asegurasen su permanencia
ejemplar, tal como lo habían sido las grandes obras clásicas.
Los artistas renacentistas se esforzaron en dar realidad a un arte insuperable
y, por lo tanto, válido para siempre y para todo el Mundo. Universalidad
y eternidad son las dos ideas rectoras del arte del Renacimiento.
Yo, el artista.
Es precisamente en el mundo de las artes donde surge el concepto originario
de Renacimiento, como periodo de descubrimiento y revalorización
del mundo clásico. El Renacimiento es el primer movimiento en tener
plena consciencia de época. Sus integrantes se autodenominan Hombres
del Renacimiento, como inauguradores de una nueva Edad, la Edad Moderna,
por contraposición a la que ya identifican como Edad Media, nexo
de transición entre el esplendor de la Antigüedad clásica
y el nuevo esplendor de su propia época. Así, establecen
tres momentos en las Historia del Arte: la Edad Antigua, el mundo clásico
grecolatino paradigma de belleza y perfección; la Edad Media, un
periodo de transición cuyo arte consideraban decadente y propio
de los bárbaros, los godos (de ahí el término "Gótico");
su propia edad, la Edad de Oro, el Renacimiento del esplendor de la Antigüedad
clásica.
Por primera vez los artistas plásticos reivindican su papel intelectual
más allá del de meros artesanos y desean ser incluidos en
la élite cultural y la alta sociedad, equiparándose a músicos
y escritores, quienes si venían recibiendo un reconocimiento cultural.
Es en el Renacimiento cuando los artistas comienzas a firmar sus obras,
rompiendo con el anonimato medieval, e incluso a menudo recurren a un
seudónimo artístico con el que ser identificados. Sus datos
biográficos empiezan a ser recogidos por los especialistas en arte,
sus teorías artísticas componen tratados de gran elaboración
y sus escritos son publicados e intelectualmente reconocidos. El arte
adquiere un prestigio inusitado hasta entonces, hasta el punto de que
el buen cortesano debe ser entendido, tanto en la teoría como en
la práctica, en todas las artes; y señores, cortes e Iglesia
se disputan a los artistas de todas las ramas, pues el arte se convierte
en un factor importante para el prestigio de una ciudad: cuantas más
bellas obras de arte posea, cuantos más artistas trabajen en ella,
mayores serán su reconocimiento y fama. Surge aquí el mito
del genio moderno.
Todos los campos del saber estaban interrelacionados, sin noción
de frontera entre letras y ciencias. El Hombre renacentista entendía
tanto de historia como de medicina y practicaba por igual la pintura y
las matemáticas, aunque obviamente, cada cual se especializaba
y destacaba en una actividad concreta. Esto llevó a considerar
el arte casi como una ciencia más, de ahí también
en parte su reconocimiento intelectual, máxime cuando la vuelta
a los cánones clásicos suponía la concepción
de la belleza como algo exacto y matemático, sujeto a las leyes
del número y regido por la armonía de las formas. Más
aún cuando la labor del dibujante tomó una importancia hasta
entonces inusitada por ser necesario a la hora de plasmar los descubrimientos
técnicos y científicos, ya fueran sofisticados inventos
mecánicos o planos de anatomía humana, por lo que se confundió
frecuentemente el papel del dibujante con el del científico. Además,
dada la multiplicación de los temas, el artista debía tener
profundos conocimientos de mitología, historia y teología
para estar capacitado en la buena representación de lo que deseaba
transmitir, lo que convertía a la figura del artista en la del
Hombre integral, compendio de todos los saberes humanos, el genio múltiple
ideal del Renacimiento.
Evolución del
arte del Renacimiento.
Pero no se trata el Renacimiento de una revolución cultural que
corta bruscamente con toda la tradición medieval anterior, como
se ha considerado hasta no hace mucho, sino por el contrario una evolución
lógica de la misma. Los lazos que unían el Medioevo con
la Antigüedad clásica, si bien muy débiles, no habían
llegado a perderse por completo, y con anterioridad al siglo XV ya se
advierten otros intentos menores de recuperar el clasicismo. El Renacimiento
se encuentra, pues, fuertemente enraizado en el periodo anterior, del
que puede considerarse una especie de culminación. Las aportaciones
más importantes para la creación del nuevo estilo las hallamos
en el siglo XIV en las elaboraciones teóricas de personajes como
San Francisco de Asís, los frescos de Giotto, las esculturas de
los Pisano o las aportaciones técnicas de los primitivos flamencos,
principalmente el óleo. La pintura de este Trecento rompe ya con
la tradición medieval descollando, especialmente Giotto di Bondone
(1266-1344), quien, pese a mantenerse dentro de la corriente del Gótico
apunta ya hacia un nuevo estilo con sus volumétricas figuras, su
luz diáfana y moldeadora, su preocupación por la escena
misma más que por el sentido narrativo, su utilización de
fondos paisajísticos o arquitectónicos frente a los planos
medievales, etc. Hay quien afirma que es con él con quien comienza
realmente el Renacimiento, y si bien esta afirmación puede resultar
exagerada por encontrarse en su obra, principalmente frescos, multitud
de elementos medievales, no lo es el afirmar que fue el auténtico
precursor de este movimiento.
Pero el Renacimiento en toda su plenitud comienza realmente coincidiendo
con el siglo XV. En este periodo, denominado Quattrocento, se produce
una auténtica explosión artística como consecuencia
de esa gira de las miras hacia la Antigüedad clásica. Es un
momento de gran creatividad y afanosa experimentación en todos
los campos artísticos, movida por el espíritu investigador
del humanista. Es ahora cuando el egocentrismo del Hombre renacentista
le lleva a una revalorización del sí mismo y el Mundo, multiplicándose
los temas, los artistas y su prestigio. La capital indiscutible de este
panorama artístico es la ciudad de Florencia, en la región
italiana de la Toscana, gobernada por la familia de los Medici, brillantes
comerciantes y políticos burgueses que llegaron a hacerse con el
control práctico de la ciudad pero manteniendo hábilmente
su forma de gobierno republicana, siendo conocidos especialmente por su
generoso mecenazgo para el arte. Es el siglo de grandes nombres propios
como Brunelleschi, Michelozzo, Alberti, Donatello, Ghiberti, Masaccio,
Piero della Francesca, Botticelli... y de obras como la cúpula
de la Catedral de Florencia, las Puertas del Paraíso, El nacimiento
de Venus... El Quattrocento desemboca, a principios ya del siglo XVI,
en el periodo conocido como Cinquecento.
El Cinquecento es el periodo de asentamiento del estilo, de utilización
de los resultados de las experimentaciones quattrocentistas, de apogeo
de las novedades, de plenitud del Renacimiento. Sin embargo, este nuevo
periodo dura en realidad poco tiempo, apenas dos décadas, pues
pronto comienza a aparecer un nuevo estilo, el Manierismo. El Cinquecento
es la continuación natural del Quattorcento, regido igualmente
por los principios clásicos de perfección y belleza. En
la arquitectura se aprecia una magnificencia mayor que en el siglo anterior
y un distinto planteamiento centralizado de las plantas; destaca especialmente
la dilatada obra del nuevo Vaticano, encargada originariamente por el
Papa Julio II y en la que, prolongada desde 1502 a 1546, participan un
variado plantel de arquitectos con nombres como Bramante, Rafael, Antonio
de San Gallo el Joven y Miguel Ángel, y cuya cúpula se considera
la cima de todo el arte cinquecentista. La escultura también continúa
con la tradición del siglo anterior, tendiendo quizás ahora
hacia una mayor monumentalidad. La pintura alcanza la conquista plena
del clasicismo y un nivel incomparable, descollando auténticos
portentos del arte universal, tales como Tiziano, Leonardo Da Vinci o
el mismo Rafael. Nunca antes se había dado en pintura tanta perfección
técnica, tal exactitud, tal naturalismo y realismo como durante
este periodo. Rafael Sanzio (Urbino 1483 - Roma 1520), llamado "el
Divino", resulta paradigma del ideal del Hombre renacentista, artista
múltiple y ejemplo del equilibrio clásico cinquecentista;
uno de los más sobresalientes pintores, autor, entre otras obras,
de los frescos La Escuela de Atenas y La disputa del Sacramento, así
como un afamado arquitecto, que participó en la construcción
de la Basílica de San Pedro del Vaticano; fue uno de los primeros
artistas en realizar incursiones manieristas, advirtiéndose en
sus últimas obras numerosos rasgos de esta estética, como
en los frescos Expulsión de Heliodoro o Incendio del Borgo. Roma
pasa a convertirse en el Cinquecento en la capital artística de
Europa, perdiendo Florencia el gran protagonismo que tuvo durante la etapa
anterior; esto es debido principalmente a la recupración del poder
papal, el cual había estado en entredicho durante el siglo XV,
con el consiguiente aumento del mecenazgo artístico de la Iglesia,
que pretendía embellecer el Vaticano.
Una de las figuras que sobresalen con luz propia en este siglo XVI es
Leonardo Da Vinvi (Vinci, Florencia 1452 - Castillo de Cloux, Amboise
1519), Hombre del Renacimiento por antonomasia. Compendio de todas las
virtudes que se le atribuían al perfecto renacentista, es a la
vez excepcional artista, infatigable científico, brillante inventor,
persona inquieta y experimentadora, ducha en todos los campos del saber
y las artes, un genio como pocos ha habido en toda la Historia de la Humanidad.
Nos ha legado una ingente cantidad de notas y apuntes sobre toda clase
de temas, desde curiosos aparatos voladores hasta planos de anatomía
humana. El incansable estudio de la óptica llevó a Leonardo
a conseguir notables aportaciones al campo de la perspectiva, tales como
la perspectiva aérea, que supera a la rígida y falsa perspectiva
geométrica, y la revolucionaria técnica del sfumato. Su
obra más popular quizás sea la Gioconda, el retrato de Monna
Lisa, tal vez el cuadro más famoso de la Historia de la pintura,
rodeado de un sentido enigmático y una eterna universalidad.
El Cinquecento deja, sin embargo, pronto pasó a un nuevo estilo:
el Manierismo. El Manierismo resulta un movimiento de oposición
al clasicismo, de ruptura del hasta entonces tan idolatrado lenguaje grecorromano
en un afán de novedad y rebeldía. No se pierden las referencias
al Mundo Antiguo ni sus motivaciones, y los recursos plásticos
y los elementos formales propios del clasicismo siguen siendo utilizados,
pero ahora el artista busca la tensión en lugar del equilibrio,
el agobio espacial enfrentado a la amplitud, el colorido intenso y apasionado
en vez del suave y sosegado, la luz viva en contra de la homogénea,
la volumetría frente a la gracilidad, la sorpresa y la zozobra
oposición al orden y, en fin, la expresividad sustituye al idealismo.
El nuevo estilo pronto traspasó las fronteras de Italia y alcanzó
un carácter más internacional que el Renacimiento clasicista
del Quattrocento y el Cinquecento, resultando sus manifestaciones más
homogéneas por toda Europa. Suele considerarse que el Manierismo
comienza en torno a 1520 con la descollante figura de Miguel Ángel
Buonarroti (Caprese, Casentino 1475 - Roma 1564), precoz artista, heraldo
de esta vanguardia, que nos ha legado tan trascendentes obras como su
popular David, la finalización definitiva de la Basílica
de San Pedro del Vaticano o la impresionante decoración de la Capilla
Sixtina, en la que plasma su famosísima Creación de Adán.
Sin embargo, ya en 1515 se advierte un foco de manierismo en la ciudad
de Florencia de la mano de pintores como Pontormo y Rosso, amén
de las incursiones manieristas de Rafael. El Manierismo, considerado durante
mucho tiempo como una simple decadencia del estilo renacentista, se trata
en realidad de un estilo cultural y artístico profundamente intelectualista
y refinado, que se enfrentó al equilibrio y desapasionamiento del
Renacimiento clásico para desembocar, finalmente, en el siglo XVII,
en una nueva etapa artística: el Barroco.
EL QUATTROCENTO ITALIANO
Florencia y los Medici.
El QUATTROCENTO italiano tiene nombre propio: Medici. Y un centro neurológico
claro: Florencia
La ciudad italiana de Florencia, capital de la región de la Toscana,
resulta ser indiscutiblemente la capital artística del Renacimiento
durante el siglo XV. Cuna de grandes genios y hogar de importantes mecenas,
Florencia ofrecía las más propicias condiciones para el
florecimiento de la vida artística. El generoso patrocinio de los
burgueses, y en especial de la familia Medici, que gobernaba la ciudad,
unido a la coincidencia de grandes talentos, tales como Botticelli, Ghiberti
y Alberti, algunos allí nacidos y otros atraídos por el
mecenazgo y ambiente de esta brillante urbe, confirieron a Florencia un
vida cultural y artístico no comparable con el de otras ciudades
de su siglo. Algunos de los más importantes talleres, como el de
Verrocchio y el de Pollaiuolo, se encuentran en esta urbe y los artistas
de todo el mundo occidental entienden Florencia como un paso obligado
en su formación, lo cual cebó todavía más
este ambiente creativo. Cierto es que otras ciudades alcanzaron también
un importante renombre en los círculos artísticos, como
Venecia, Roma, Perusa o Padua, pero sus obras no podían en modo
alguno hacer sombra a la Catedral de Santa María dei Fiori, el
David de Donatello o los frescos de la Iglesia Carmine, por poner algunos
ejemplos, que se encontraban en la capital toscana. Así, embellecida
por toda esta serie de obras de arte, Florencia podía considerarse
una de las más hermosas ciudades de la época, si no la más,
y su legado renacentista permanece aún hasta nuestros días.
Debe agradecer la ciudad de Florencia en gran medida su importancia a
la Casa de los Medici. Los Medici fueron una familia de banqueros y comerciantes,
perteneciente a la cada vez más pujante burguesía, que,
con gran habilidad para la diplomacia y los negocio, llegaron a gobernar
Florencia, estableciendo una auténtica dinastía que duró
cuatro centurias. Brillantes políticos y comerciantes, arruinaban
a sus enemigos y manejaban a los políticos, llegando a hacerse
con el dominio del gobierno florentino pero manteniendo hábilmente
su sistema gubernamental republicano. Apoyaban su poder en la Banca internacional,
el control de las rutas marítimas mercantiles y el prestigio que
les aportaba ser mecenas de numerosos artistas y científicos. Naturalmente,
existieron otras familias burguesas de importante renombre y poderío
económico, como los Rucellai, los Pitti o los Strozzi, pero fue
el apellido Medici el que se convirtió en el más importante
del Quattrocento.
La primera vez que los Medici alcanzaron notoriedad en Florencia fue a
principios del siglo XIII, como comerciantes y prestamistas, y en la década
de 1260 pasaron a formar parte de la vida pública. Gracias a sus
numerosos negocios y a sus operaciones comerciales, los Medici se convirtieron
en una de las familias más ricas de la Italia del siglo XV, y respaldaron
siempre a la facción popular frente a los gobernantes aristocráticos
de la ciudad. Cosme de Medici el Viejo, banquero del Papa y de los reyes
de Francia e Inglaterra, inició el irrefrenable ascenso de esta
familia. Se trataba de un político sagaz que estableció
el dominio de la familia en Florencia a partir de 1434. Su nieto, Lorenzo
el Magnífico, reafianzó el control de los Medici y convirtió
a la familia en una de las más poderosas de la Italia renacentista,
continuando la política de equilibro y bienestar social iniciada
por su abuelo. Fueron expulsados en dos ocasiones de la ciudad por sus
rivales políticos (1494-1512 y 1527-1530), mas las dos veces regresaron,
gracias a la ayuda de España. Dos de los papas más destacados
del Renacimiento, León X y Clemente VII, fueron miembros de la
familia Medici. Clemente concedió a Alejandro de Medici el título
de duque de Florencia. Cuando Alejandro fue asesinado, Cosme I, miembro
de la rama de menor antigüedad de la familia, le sucedió y
posteriormente se convirtió en el gran duque soberano de Toscana.
Sus descendientes gobernaron Florencia hasta 1737.
Pero si la Casa Medici es recordada como de preclaros diplomáticos,
con igual fuerza es conocida por su sobresaliente mecenazgo artístico.
Fueron los miembros de esta familia unos de los mayores promotores del
arte durante el Renacimiento, especialmente en el Quattrocento. Apreciaron
en gran medida las manifestaciones artísticas y un sinfín
de obras, desde palacio hasta esculturas para decorarlo, pasando por frescos
y una ingente cantidad de retratos sobre sus efigies, fueron realizadas
por encargo de los Medici. Para ellos trabajaron en algún momento
la mayoría de los más importantes artistas renacentistas,
nombres tan descollantes como Botticelli, Filippino Lippi, Perugino, Ghirlandaio...
Merced a las generosas subvenciones de los Medici en el campo del arte
existen ahora muchas de las obras maestras del genio humano. Este generoso
mecenazgo artístico es debido en gran parte a su nueva filosofía,
el neoplatonismo mediceo, que marca en menor o mayor medida a los artistas
que trabajan para ellos. Esta corriente entiende la materia del cuerpo
como la cárcel del espíritu y la la espiritualidad como
el mundo ideal que se aspira a alcanzar, lo cual sólo es posible
a través de la belleza. Los postulados neoplatónicos defienden
la relación entre la Naturaleza, llena de cosas bellas e imperfectas,
y la belleza divina, que es absoluta, y partiendo de este supuesto considera
que la única vía para alcanzar la perfección, para
superar ese encierro que es el cuerpo, es la belleza de esa Naturaleza,
que se halla directamente relacionada con el mundo espiritual. Las creaciones
artísticas, llenas de belleza, se consideran como el perfecto puente
hacia la ansiada espiritualidad. Aplicar estas doctrinas a las artes plásticas
equivale a la ejecución de representaciones idealizadas, lejos
de las corrientes naturalistas apoyadas en la imitación de la realidad
inmediata; el paganismo, la idealización, los desnudos, el lujo
de riquezas, todas las características y propuestas, en fin, relacionadas
con lo bello, son comprendidas como el vehículo ideal para la búsqueda
del tan deseado mundo espiritual. Al trabajar para los Medici, muchos
artistas se encuentran, lógicamente, influenciados por esta corriente
filosófica, dado que sus creaciones van a ser puestas al servicio
de esta concepción neoplatónica del Mundo, dejándose
notar su huella en obras tan capitales como, por ejemplo, la Alegoría
de la Primavera de Botticelli. Su inclinación por el nuevo pensamiento
neoplatónico llevará a Cosme el Viejo a fundar un lugar
de reunión de sabios, artistas y filósofos, la Academia,
local de grandes tertulias en donde se reúnen figuras intelectuales
tan destacadas del siglo como Marsilio Ficcino, Cristoforo Landino o Pico
della Mirandolla y que vivirá su máximo esplendor bajo el
gobierno de Lorenzo el Magnífico.
Cosme el Viejo fue el fundador de la saga Medici, que estableció
el dominio florentino de la familia. El siguiente gobernante fue su hijo
Pedro y, más tarde, ene 1469, le suceden sus hijos Guiuliano y
Lorenzo el Magnífico. En 1478 estalla el temido enfrentamiento
entre las dos familias más poderosas de Florencia, los Medici y
los Pazzi. Los orígenes de este acontecimiento radican en las alianzas
que buscan los Medici con otras ciudades como Milán y Venecia para
mantener la hegemonía florentina y frenar el ansia de poder de
otros estados como Roma y Nápoles. La consecuencia inmediata de
estas coaliciones se plasma en la conjura de los Pazzi, quienes logran
asesinar a Giuliano de Medici, aunque Lorenzo logra escapar. La venganza
de la Casa Medici no se hace esperar y los conjurados son ahorcados en
la plaza pública, siendo Botticelli el artista encargado de inmortalizar
ese momento. El Papa Sixto IV exige a Lorenzo de Medici la liberación
del cardenal Riario, uno de los conspiradores en la conjura de los Pazzi,
antes de ordenar el destierro de Lorenzo, quien además es excomulgado,
junto con sus hijos y sucesores. Lorenzo busca entonces alianzas con otras
potencias como Bolonia, Milán y Francia, ante lo que el Papa decide
hacer las paces con el Medici en 1480 para evitar una posible derrota
ante el avance turco y las poderosas alianzas florentinas. El año
1492 representa la decadencia de la época del Renacimiento en la
ciudad de Florencia, debida en gran parte al fallecimiento de Lorenzo
el Magnífico, hábil político e importante mecenas
del arte, heredando el poder su hijo Piero, quien carece de dotes diplomáticos.
Roma pasa a convertirse ahora, en el Cinquecento, en la capital artística
de Europa, merced a la recuperación del poder papal. Savonalora,
un erudito monje dominico con estudios de teología, medicina, filosofía,
música y dibujo, llega al convento de San Marcos de Florencia en
1482 y comienza a predicar contra el lujo de la Iglesia y la relajación
de costumbres del alto clero, de familia noble, frente al clero humilde
como frailes y monjes, de origen popular. Acusa a los altos cargos de
la Iglesia de vivir rodeados de tanta riqueza como sus parientes los príncipes,
reyes o emperadores, y denuncia la ostentación que se ha convertido
en característica habitual del papado y va en contra de la verdadera
moral cristiana. Paulatinamente, sus sermones comienzan a atrapar la atención
y después el espíritu descontento de los florentinos. Con
una concepción medieval del arte, ataca las obras que sólo
busca el placer de los sentido pero, consciente de la cada vez mayor influencia
que el arte ejerce sobre la sociedad, pretende que este sea utilizado
para mostrar la grandeza de la divinidad, que nada tiene que ver con los
mundanal. El inteligente fraile no se limita a profetizar las mayores
desgracias apocalípticas imaginables y a predicar contra la inmoralidad
y el lujo cortesano y eclesiástico, sino que agita a los espíritus
republicanos y democráticos contra los tiranos Medici. La reacción
del pueblo enfurecido obliga al joven Piero de Medici a huir de la ciudad.
La fuerza e influencia de Savonalora es cada vez mayor y Florencia se
vuelca en este fraile, quien, utilizando su popularidad para favorecer
la reforma de la constitución florentina en tono republicano y
democrático, llega a convertirse en el verdadero jefe de estado.
Sin embargo, a mediados de la década de los noventa, la suerte
cambia para Savonarola y sus enemigos, es decir, los seguidores de los
Medici y los defensores de un gobierno oligárquico, se coaligan
contra el dominico. Savonarola se convierte en un fanático y un
tirano, aunque todavía cuenta con un gran número de seguidores,
que reciben el nombre de piagnioni o llorones. Éstos se encargaron
de arrojar al fuego purificador las obras de arte inmorales y los artículos
de lujo, ardiendo las llamadas Hogueras de las Vanidades en Florencia
en1497, en las que se dice que incluso Botticelli, influenciado por los
sermones del monje, quemó algunos de sus cuadros. El Papa Alejandro
VI excomulga a Savonarola pocos meses después y al año siguiente
el dominico es ahorcado y quemado en una hoguera. En 1502 es elegido gobernador
de Florencia, cargo político máximo de la ciudad, Piero
di Tommaso Soderini, el cual, contrario al sistema oligárquico
impuesto por la familia Medici, defiende una república popular
y democrática. Su gobierno, con el escritor y pensador político
Maquiavelo como secretario, se caracteriza por sus continuas alianzas
con el invasor francés, postura un tanto impopular. Finaliza en
1512 su gobierno sobre Florencia, cuando el ejército francés
abandona la ciudad ante el avance de las tropas pontificio-españolas
que han invadido Prato y se hallan sitiando Florencia. Soderini se vio
obligado a dimitir y a vivir en el exilio y Maquiavelo se retiró
a la finca de Sant'Andrea en Percussina, donde escribió su famoso
libro El Príncipe. Con la victoria de las tropas españolas
y la retirada de los galos, los Medici tienen vía libre para regresar
a Florencia y volver a gobernar la ciudad, como efectivamente harán
hasta 1737.
La arquitectura del
Quattrocento.
La arquitectura del Renacimiento se va a caracterizar, naturalmente, por
el empleo de los elementos constructivos del mundo clásico: arco
de medio punto, bóveda de cañón, frontones, órdenes
clásicos, etc. y como materiales la piedra, rústica o desbastada,
el mármol y el ladrillo.
Se produce una auténtica renovación urbana, articulándose
las ciudades en torno a una plaza principal. Aparece un nuevo edificio
que toma enorme importancia: el palacio. Los palacios, levantados por
las principales familias de las ciudades más florecientes, aparecen
como muestra de la renovación urbana del Renacimiento y emblema
de la pujante burguesía, que pretende mostrar su poderío
con estas construcciones abiertas, por tanto, a la ciudad e integradas
en su urbanismo, a menudo enmarcando la plaza principal. Otro edificio
harto importante, obviamente dada la marcada presencia de la religión,
es la iglesia. En el Quattrocento la planta de la iglesia es, como de
la basílica, de tres naves y con testero plano, es decir sin girola,
y en algunas ocasiones con crucero. Un elemento que adquiere gran importancia
es la cúpula, la cual se levanta en el crucero, sobre una linterna
octogonal, y se remata en otra pequeña linterna con su correspondiente
cupulín. La cúpula se construye frecuentemente doble, esto
es formada por dos cascarones distintos, semiesférico el de dentro
y peraltado el de fuera, unidos por anillos y contrafuertes interiores;
el ejemplo más claro de lo cual es la célebre cúpula
de la Catedral de Santa María dei Fiori de Florencia, aunque ya
había algunos antecedentes en el Gótico. Brunelleschi populariza
los cielorrasos planos y artesonados y las tres naves separadas por columnas
al estilo basilical. Después, por influencia de Alberti, se impone
la nave única, con bóveda de medio cañon reforzada
por los contrafuertes de las capillas laterales. En cuanto a los órdenes,
al principio domina el corintio mas luego se introducen los otros, admitiéndose,
al modo romano, la superposición de órdenes en un mismo
edificio; la escuela venesiana empleó el llamado orden colosal,
que abarca dos pisos. El arco es, casi exclusivamente, de medio punto
y puede descansar bien sobre un pequeño establecimiento, bien sobre
una imposta o directo sobre el capitel. Columnas, pilastras, molduras
y nichos cumplen a menudo una función ornamental.
Se considera la obra inicial de la arquitectura del Renacimiento la cúpula
de la Catedral de Santa María dei Fiori de Florencia. Fue en 1296,
aún en pleno gótico, cuando la orgullosa Florencia decidió
que su vieja catedral no era adecuada para los tiempos de pujanza que
atravesaba la ciudad. Así, se le encomendó la construcción
de un nuevo templo a Arnolfo di Cambio, un escultor con intereses y cierta
experiencia en lo arquitectónico, quien concibió un ambicioso
edificio de planta octogonal cubierto por una grandiosa cúpula.
A su muerte, la obra pasó a manos de otros arquitectos y sufrió
diversos cambios, como la conversión a una planta de cruz latina,
pero, con todo, la cúpula que culminaba el espacio ideado originalmente
continuó presente en el proyecto y se convirtió en símbolo
de la que pretendía ser la más bella y grandiosa catedral
de la Toscana. Mas los problemas técnicos que suponía el
levantar una cúpula de más de cuarenta metros de diámetro
retrasaban interminablemente su construcción. En la Toscana no
se habían experimentado empeños de tal calibre, si bien
en otras ciudades italianas sí se habían resuelto retos
constructivos tanto o, si cabe, más difíciles, como la cubierta
carenada del Palazzo della Ragione en Padua. Las obras avanzaron y en
1410 la cabecera estaba lo suficientemente terminada como para que fuera
levantado el tambor octogonal que debería soportar la cúpula,
pero aún no había solución a las exigencias técnicas
de la misma, y en 1420 la cúpula, que abarcaba un ancho de tres
naves con un diámetro de cuarenta y dos metros, seguía inconclusa.
Para poner fin de una vez a este problema, en 1418 el gremio de tejedores
de lana, responsable del proyecto, organizó un concurso en el cual
participaron afamados arquitectos. Consecuencia de esta competición
resultó el que Ghiberti y Brunelleschi fueran encargados de la
dirección de la obra, si bien en 1423 Filippo Brunelleschi, más
experto en las artes constructivas que el gran escultor, fue designado
único "inventore e governatore della cúpula maggiore".
Esta cúpula, levantada entre 1420 y 1434, a excepción de
la linterna, de ejecución posterior, ha sido tenida por lo común
como emblema del Renacimiento, como primera obra que revela la presencia
de una nueva arquitectura. Brunelleschi, quien había estudiado
el problema de las numerosas cúpulas de las arquitecturas orientales,
optó por construir una cúpula interior esférica y
otra exterior más alta que, peraltándose en perfil de ojiva,
hacía de contrafuerte de la primera. En su construcción
no empleó címbaras sino que la cúpula se iba cerrando
a medida que se levantaba. Como ingenio constructivo la impresionante
obra prudujo admiración, pero, exceptuando las cornisas y molduras
de la linterna, la cúpula no recoge ninguna tradición clásica,
sino que actualiza procedimientos de los últimos tiempos del Románico
y, más lejos aún, usados en Oriente, por lo que su aportación
es fundamentalmente técnica.
La aportación de Brunelleschi de revivir el arte grecolatino no
es, por tanto, notoria aquí sino en sus otras obras posteriores.
La primera donde Brunelleschi, admirador de los edificios romanos y también
de los románicos florentinos, expresó su manera de entender
el espacio y los elementos constructivos fue el Hospital de los Inocentes,
en el que apartó los planos desordenados medievales en favor de
un modelo centralizado con las dependencias dispuestas alrededor de un
patio central e ideó un pórtico con columnas y capiteles
corintios y arcos de medio punto. Especial atención requieren sus
Iglesia de San Lorenzo e Iglesia de Santa María del Santo Espíritu,
pues establecen el tipo de todos los templos del Quattrocento. Se inspira
Brunelleschi en la basílica romana de tres naves, la central, más
alta, con ventanas y techo plano y las laterales con bóvedas y
columnas aisladas sostenidas por arcos de medio punto. Con el Palacio
Pitti, Brunelleschi crea el tipo de residencia nobiliaria florentina,
modelo al que se someten sus continuadores, como Michelozzo Michelozzi,
arquitecto del Palacio Ricardi, y Benedetto da Majano, autor del Palacio
Strozzi.
La arquitectura quattrocentista dio artistas de la talla de Alberti, Brunelleschi,
Michelozzo y Majano y obras como la Catedral de Santa María dei
Fiori, la Capilla Pazzi, el Palacio Rucellai o la Iglesia de Santa María
Novella entre otras muchas
La escultura del Quattrocento.
Como en el resto de manifestaciones artísticas, la escultura gira
sus ojos hacia la Antigüedad clásica. Los restos arqueológicos
del periodo grecorromano en Italia resulta numerosos y son buenamente
estudiados y reverenciados. Se produce una vuelta a los cánones
clásico, aunque ahora más variables debido a la importancia
del sentido de movimiento, si bien éste se desarrollaría
plenamente en el Cinquecento. Equilibrio, proporcionalidad y movimiento
son pues factores fundamentales de la escultura renacentista. Junto a
la temática religiosa, resurge también en escultura el género
mitológico clásico, y la revalorización del Hombre
provoca la atención a la figura humana y la utilización
del desnudo, retomando técnicas antiguas como las telas mojadas
de Fidias. Los géneros se multiplican: estatuas, bustos, relieves,
medallones, tondos, etc. Por primera vez desde la Antigüedad un escultor
realiza una estatua exenta, se trata del magnífico bronce del David
de Donatello, brillante discípulo de Ghiberti. También es
este escultor quien realiza la primera estatua ecuestre del Mundo Moderno,
tomando el género de los antiguos romanos, el Condottiero Gattamelatta,
una muestra del espíritu individualista de la época. El
relieve se sigue practicando con gran fuerza, estudiándose las
leyes de la óptica para aplicarlas, como en pintura, al campo de
la perspectiva, con la aparición de la perspectiva lineal introducida
por Brunelleschi. Los materiales son múltiples: piedra, mármol,
madera, terracota, yeso y, sobre todo, bronce.
Las primeras manifestaciones del arte renacentista a comienzos del siglo
XV se dan, precisamente, en el campo de la escultura. Las influencias
clásicas en el relieve italiana ya se había manifestado
en algunos autores de finales del periodo Gótico como Nicolás
y Juan Pisano, pero fue Lorenzo Ghiberti quien marcó el cambio
de signo de la escultura renacentista con sus relieves de la segunda Puerta
del Baptisterio de Florencia, que se separaba de la estética del
Gótico introduciendo en su obra elementos del nuevo arte inspirado
en la Antigüedad grecolatina.
El siglo XV se abre con la celebración, en 1401, del concurso para
la realización de dos de las tres Puertas del Baptisterio principal
de San Giovanni de la Catedral de Santa María dei Fiori de Florencia.
Las primeras habían sido realizada entre 1330 y 1336 por Andrea
Pisano, uno de los precursores del estilo renacentista que ya en el Trecento
había asimilado las lecciones de arte clásico pero sin alejarse
del espíritu gótico. Al concurso acudieron los mejores escultores
italianos del momento, maestros ya afamados Jacop della Quercia, Francesco
de Valdambrina, Simone de Colle o Nicolai de Arezzo y dos jóvenes
escultores, Filippo Brunelleschi y Lorenzo Ghiberti. El concurso consistía
en realizar, en el plazo de un año, un relieve en bronce, ejecutado
dentro de un marco cuatrilobulado, cual los de las Puertas de Andrea Pisano,
que mostrara la escena bíblica del Sacrificio de Isaac. En dicho
relato, Yaveh pone a prueba a su fiel Abraham pidiéndole que sacrifique
aquello que más quiere en el Mundo, su único hijo Isaac,
a lo que Abraham, ciego seguidor de Dios, accede; lleva a Isaac hasta
la cima de una montaña, acompañados de unos criados, engañándole
diciendo que van a sacrificar un carnero, pero una vez allí a quien
realmente pretende Abraham asesinar sobre el altar es a su propio hijo;
mas en el último instante aparece un ángel enviado de Yaveh
que impide el asesinato del joven e informa su padre de que solamente
se trataba de una prueba para comprobar su lealtad a Dios, la cual ha
sido perfectamente superada, pues Abraham estaba dispuesto a sacrificar
cualquier cosa, hasta la más querida, ante el mandato divino. El
fallo del jurado, compuesto por treinta y cuatro expertos en arte que
valoraron las obras, recayó sobre Lorenzo Ghiberti, elección
que no sólo muestra no sólo el gusto de los jueces sino
también la sensibilidad escultórica de la ciudad de Florencia,
que estaba entrando en su siglo de oro. Así, Ghiberti se convirtió
en el artífice de las segundas Puertas del Baptisterio de Florencia,
harto alabadas por su trabajo y consideradas las inauguradoras del Renacimiento
en el arte, aunque aún mantienen en gran medida un espíritu
gótico. También es Ghiberti el autor de las terceras Puertas
del Baptisterio, las llamadas Puertas del Paraíso, consideradas
la cima máxima del relieve renacentista.
Fueron fundamentalmente tres orfebres florentinos quienes realizaron las
innovaciones que supusieron una ruptura con las convenciones del estilo
gótico: Ghiberti, Brunelleschi y Donatello, pero el Quattrocento
ha dado también otros nombres célebres en la escultura,
como Verrocchio, Donato, Jacopo della Quercia, Francesco de Valdambrina,
Simone de Colle o Nicolai de Arezzo. Y nos ha legado el siglo XV italiano
esculturas tan hermosas como las Puertas del Paraíso, el David
de Donatello, el Condottiero Colleoni o la Cantoría de la Catedral
de Florencia.
La pintura del Quattrocento.
La pintura italiana toma en el siglo XV una importancia que hasta entonces
le había sido desconocida y la práctica inexistencia de
restos de pintura clásica no resultó óbice para que
los pintores del Quattrocento plasmaran en sus obras todo el sentido clásico
que caracterizaba su época. La búsqueda del naturalismo
se muestra también en la pintura, que pretende ser lo más
realista posible, lo cual supone un profundo estudio de la óptica
y sus leyes que lleva a establecer la perspectiva geométrica, basada
en el encuadre de los objetos representados en un haz de líneas
que convergen en un punto, constituyendo lo que se ha venido a llamar
"pirámide visual". Otras de las preocupaciones que trae
la búsqueda de ese naturalismo es la proporcionalidad, para la
que se fijan en los modelos de la escultura grecorromana. La búsqueda
del equilibrio y la armonía, entendido como el ideal de belleza,
tal cual lo comprendían en la Antigüedad, produce una mayor
atención hacia el factor compositivo en las representaciones, abundando
las composiciones triangulares y siempre perfectamente equilibradas. Del
mismo modo, la revalorización renacentista del Hombre, llevan al
pintor a plasmar los personajes de una manera individualizada y a tener
en cuenta la psicología de los mismos. En resumen, la pintura del
Quattrocento rompe con la rigidez y simbolismo del Medievo, buscando ahora
el naturalismo idealizado y la belleza plástica. En el campo técnico
resulta de enorme importancia la utilización del óleo, ya
conocido pero poco aprovechado, con el que los pintores quattrocentistas
comienzan a trabajar y experimentar; con el óleo se consigue una
calidad nueva, un realismo nunca antes conseguido y una minuciosidad hasta
entonces desconocida. Las técnicas y soportes se multiplican: fresco,
temple, óleo; sobre muros o sobre soportes móviles como
tablas y lienzos. Fruto de la idolatría al clasicismo, surgen nuevos
géneros que acompañan ahora a los religiosos que habían
monopolizado la pintura gótica: la mitología clásica,
el retrato, los desnudos, las batallas...
Gran deudora es la pintura del Quattrocento, y por extensión de
todo el Renacimiento, de Giotto de Bondone. En los frescos de este artista
trecentista ya se advierten intentos naturalistas que anuncian cambios
importantes. La pretensión de verismo, el individualismo de los
personajes, la utilización de fondos arquitectónicos o paisajísticos,
el empleo que hace de la luz, la volumetría de sus figuras son
factores todos ellos que, aunque dentro de un contexto plenamente gótico,
marcan la pauta de lo que sería la nueva pintura del siglo XV.
El arranque de toda la nueva pintura del Renacimiento lo hallamos, sin
embargo, en Masaccio, con sus talentosos frescos para la Capilla Brancacci
de la Iglesia de Santa Maria del Carmine en Florencia. El estudio directo
de la naturaleza, la fuerza de sus pinceladas, el impresionismo de efectos,
la ilusión de la luz, la expresión humana de los gestos
son algunos de los factores que muestran la aparición del nuevo
estilo y hacen de Masaccio un hito de la pintura. Masaccio comienza la
línea realista que seguirá la pintura italiana. Rechaza
los colores brillantes y emplea blancos y negros en busca de una pintura
más sólida, y es con este mismo afán de realismo
que investiga las leyes de la óptica, observa la degradación
de los colores por la distancia y nota la influencia que la calidad de
la tela tiene en la estructura de los pliegues. La escuela de Perusa aporta
a la pintura quattrocentista una elegante luminosidad cargada de colorido
y calidez. Piero della Francesca es su principal representante, interesado
en la perspectiva, los problemas del claroscuro y, sobre todo, los luminosos,
pero no tanto por el efecto de la luz sobre las cosas como por la naturaleza
de las mismas. Sus retratos son de una elegancia impecable y sus frescos
se desvelan como obras maestras de luminosidad. Uno de los autores que
más trabajaron la perspectiva, que tanto interesó a los
renacentistas, es Mantegna, preocupado por las cuestiones de representación
visual del objeto y que presenta frecuentemente en sus cuadros una dificultad
perspectívica resuelta con talentosa elegancia. Sus impecables
escenarios arquitectónicos, tomados del Mundo Clásico, ofrecen
puntos de fuga muy a ras del suelo, huidas de líneas hacia el centro
del cuadro en prodigiosa alusión de profundidad, y los escorzos
de sus figuras son, de este modo, violentos y de complicada resolución
dibujística, como el extraordinario Cristo Muerto. Grandes artistas
quattrocentistas buscan inspiración en los temas mitológicos
paganos que caracterizan el Renacimiento, e incluso los mismos temas piadosos
pasan a ser un pretexto para mostrar el fausto de la alta burguesía
florentina. Sus paisajes son, a menudo, las campiñas toscanas;
sus personajes, los de la brillante corte de los Medici; y sus escenarios
urbanos, los suntuosos palacios de la época. Sandro Botticelli
es uno de los artistas que pinta alegorías de refinada sensualidad
en las que refleja el gusto paganizante de sus mecenas, como las famosísimas
La Primavera y El nacimiento de Venus.
Botticelli, Piero della Francesca, Mantegna, Paolo Ucello, Gentile de
Fabriano, Filippo Lippi, Filippino Lippi, Pinturichio, Luca Signorelli,
Carpaccio... La lista de grandes pintores que ha dado el siglo XV italiano
parece interminable, al igual que la de sus excelsas obras. El nacimiento
de Venus, los frescos para la Capilla Brancacci de Santa Maria del Carmine,
el Cristo Muerto, la Alegoría de la Primavera y un sinfín
de pinturas más de este periodo son consideradas obras maestras
del arte universal.
ALBERTI
"Una armonía regular entre todas las partes del objeto, armonía
de una especie tal que nada podría ser suprimido o añadido
o cambiado en él, sin que perdiera algo de su encanto."
(Alberti, De re aedificatoria)
EL ARTISTA.
León Battista ALBERTI (Génova, 14 de febrero de 1404 - Roma,
25 de abril de 1472) fue el primer y más importante teórico
del arte del Quattrocento, así como ejemplo del ideal de Hombre
completo del Renacimiento. Hijo de un noble florentino exiliado, recibió
una educación acorde con su clase social, primero en la escuela
de Barsizia (Padua) y luego en la Universidad de Bolonia, donde estudió
griego, matemáticas y ciencias naturales. En 1432 fue nombrado
abreviador apostólico, léase secretario, del Papa Eugenio
IV y durante esta su primera estancia en Roma se inició en el estudio
de la arquitectura clásica. Más tarde, en 1434, se incorporó
a la corte papal, establecida en Florencia, ciudad capital del arte y
la cultura del Renacimiento. Con sus ideas humanistas, se introdujo rápidamente
en los círculos intelectuales de la ciudad, contando entre sus
amigos nombres tan célebres como Donatello y Brunelleschi, por
quien expresa gran admiración, estudiando con fuerte interés
sus ideas sobre perspectiva en pintura y relieve. También participó
plenamente en la vida literaria florentina, defendiendo el uso del italiano
frente al latín. Después de su estancia en Florencia y en
otras ciudades de Italia, Alberti volvió a Roma en 1452, donde
fue secretario de seis papas. Para uno de ellos, Nicolás V, realizó
labores de arqueólogo, consejero de restauración de monumentos
antiguos y asesor en cuestiones de urbanismo. Desarrolló su actividad
en diversos centros humanistas de Italia, como Florencia, Roma, Mantua
y Rímini, por donde se dejó sentir su influencia, y, como
reconocida personalidad artística, contó con numerosos discípulos
y seguidores, quienes colaboraban con él en sus construcciones
arquitectónicas.
Alberti tuvo una formación más teórica que práctica,
al contrario que la mayoría de los grandes arquitectos renacentistas,
como Brunelleschi o Michelozzo. Aunque sus edificios se cuentan entre
los más importantes de la arquitectura quattrocentista, fue fundamentalmente
un teórico, que escribió tanto de arquitectura como de escultura
y pintura. Sus importantes tratados sobre la teoría del arte le
han llevado a ser considerado émulo de Viturbio, otro teórico
del arte de la Roma clásica, al que efectivamente estudia y toma
como referencia. En 1435 escribe su tratado De pictura, que dedica a Brunelleschi,
en el que estudia las leyes de la perspectiva desarrolladas por éste,
considerándolas fundamentales para la pintura de su época
y de las venideras. Durante su primera estancia en Roma descubre la grandeza
del arte antiguo y manifiesta su admiración por el mismo, que le
lleva a profundizar en el conocimiento de las proporciones, las tipologías
y la decoración de la arquitectura de la Roma clásica y
a escribir Descriptio urbis Romae (1434), primer análisis sistemático
para la reconstrucción de la ciudad papal. En 1453 comienza a escribir
el primer estudio concienzudo sobre arquitectura del Renacimiento, que
finalizaría en 1485, De re aedificatoria, un tratado en diez libros
en el que la perspectiva se entiende como el instrumento más preciado
por el arquitecto y defiende un concepto clasicista de la belleza, entendiéndola
como proporción y equilibrio entre todas las partes del objeto,
una armonía perfecta en la que nada debe sobrar ni faltar. Uno
de los últimos tratados que escribe sobre la teoría del
arte es De statua (1464), en el que expone sus ideas sobre la escultura.
Como completo humanista, escribió también poesía
y sobre temas filosófico y sociales, tales como la familia, el
estado, literatura... Sus escritos ejercieron una influencia decisiva,
perdurando muchas de sus aportaciones hasta nuestros días.
Aunque Alberti nunca participó en el levantamiento real de sus
edificios, proyectaba todos los elementos con detalles y, sin llegar a
conocer los secretos del oficio de maestro de obras, diseñó
auténticos edificios maestros, modelos de tantos arquitectos posteriores.
Encontramos en él uno de los introductores del Renacimiento en
la arquitectura, imponiendo una belleza clásica precedente de las
más importantes obras del Cinquecento. Alberti nos ha legado una
influencia decisiva en la arquitectura y unos edificios tan bellos como
el Palacio Rucellai y la fachada de Santa Maria Novella entre otros.
Teórico del arte, arquitecto, organista, poeta, filósofo,
pensador, humanista.... Con sus conocimientos a la vez enciclopédicos
y prácticos, clásicos y modernos, Alberti realizó
el ideal de Hombre nuevo propuesto por el Renacimiento, artista múltiple
y ducho en todos los campos del saber, y en él se encuentra el
máximo representante de aquellos que creyeron que el arte era más
teoría que práctica.
SU OBRA ARQUITECTÓNICA.
Palacio Rucellai.
La primera y más importante obra arquitectónica de Alberti
en la ciudad de Florencia es el Palacio Rucellai (1446), muestra del poderío
de esta familia burguesa que siempre se distinguió por su mecenazgo.
Alberti, con la colaboración de Bernardo Rossellino, presenta una
innovadora alternativa al resto de típicos palacios de la época,
que si bien no gozó aquí de un total éxito, sí
lo tuvo más tarde en la Italia septentrional y casi toda Europa
hasta el neoclásico. Con una planta difícil por su asimetría,
el arquitecto presta especial atención a la fachada, en la que
su brusca e irregular terminación en el lado este indica que resta
inacabada y, por lo tanto, ordenada sin el principio de simetría
axial. Tampoco se ve en ella el concepto de entrada central monumental,
el cual no apareció hasta finales del siglo con el Palacio Strozzi
diseñado por Giuliano da Sangallo. Alberti opta en esta portada
por un original orden geométrico propio, que incluso hace que los
arquitrabes que marcan las divisiones horizontales no coincidan con las
alturas de las plantas. Esta visión de horizontalidad está
contrarrestado por las pilastras, que a modo de lesenas de escaso relieve,
como el de los sillares, se superponen en altura presentando un orden
distinto en cada piso, dórico en la planta baja y corintio en las
superiores, lo cual nos recuerda al famoso Coliseo romano. Todo esto produce
un interesante juego de luces y sombras que remarcan el sentido geométrico
del edificio. A destacar también las personales ventanas, típicas
de la arquitectura albertina, bíforas rematadas en sendos arcos
de medio punto que a su vez se hallan englobados en uno mayor en cuyo
tímpano se integra un característico óculo.
Fachada de la Iglesia
de Santa Maria Novella.
La fachada de Santa Maria Novella (1458-1470) encargada por Giovanni Rucellai,
es una obra muy definitoria de los últimos años de actividad
de Alberti. Realizada en colaboración con el arquitecto Giovanni
di Bertino, en ella acude a la tradición del románico toscano
tanto en lo que respecta a los materiales, taraceado de mármoles
verdes y blancos, como en la configuración geométrica de
la superficie. A pesar de ese arraigo en la tradición, en el piso
superior, correspondiente en altura con el sobrealzado de la nave central,
definió una fórmula de gran fortuna posterior: un cuerpo
central a modo de tamplete coronado por un frontón triangular y
perforado, en este caso, por un gran óculo, que se encuentra con
el inferior a través de dos contrafuertes triangulares convertidos
en volutas.
Templo Malatesta.
Sigismondo Pandolfo Malatesta, príncipe de Rímini, quiso
dejar para la posteridad un monumento en el que disponer su sepultura,
la de su amada Issotta degli Atti, la de sus antepasados y la de los humanistas
llamados a su lado. Para ello contrató a Alberti, quien le propuso
convertir una humilde iglesia franciscana en un panteón romano,
lo que sería el Templo Malatesta (1447-1468).
Arquitecto y cliente coincidieron, pues, en convertir las ruinas del pasado
en arquitectura del presente. Pero el proyecto quedó inacabado
y su grandeza sólo es comprensible acudiendo a los dibujos y maquetas
de Alberti y a la medalla conmemorativa diseñada por Matteo de
Pasti, el arquitecto encargado de las obras. El templo debería
haber quedado dominado por una gran cúpula que nunca llegó
a realizarse, la fachada principal, concebida a modo de arco triunfal,
alcanzó solamente la altura del primer piso y los sepulcros de
Sigismondo e Isotta no se dispusieron, como estaba planeado, en los dos
arcos laterales. Esto hace que, una vez cegados éstos, la fachada
adquiera un falso carácter de tratamiento en superficie cuando
en realidad el proyecto la preveía con fuertes contrastes de luz
y sombra, como sí se aprecia en las fachadas laterales. En éstas,
la superficie que recubre la estructura gótica queda abierta por
profundos nichos que originariamente debían acoger los sarcófagos
de los antepasado del príncipe y de los humanistas, lo cual sólo
ocurre en una de ellas.
En el Templo Malatesta no sólo se recupera un vocabulario formal
clásico sino también un concepto arquitectónico puesto
al servicio de una concepción más pagana que cristiana del
templo.
GHIBERTI
"Sus obras parecían estar hechas no con la fundición,
sino con un soplo." (Vasari)
EL ARTISTA.
Lorenzo de Bartoluccio, alias Lorenzon GHIBERTI (Florencia, 1378 - Florencia,
1 de diciembre de 1455), hijo y aprendiz de un orfebre florentino, fue
el primer escultor que basó su arte en la cultura, en las fuentes
del Humanismo. Sus Puertas del Baptisterio de Florencia son consideradas
las inauguradoras del arte del Renacimiento. Amigo asiduo de artistas,
humanistas y erúditos, Ghiberti estudió los clásicos,
Plionio, Ateneo el Viejo, Vitrubio..., y fue un propagador activo de las
ideas humanistas, así como uno de los primeros coleccionistas de
arte antiguo. Aunque dedicado principalmente a la escultura, también
ejerció de arquitecto y de pintor, y en sus últimos años
escribió el libro I Comentarî, sobre diversos aspectos del
arte.
En 1402, en competencia con Brunelleschi y otros arquitectos afamados
como Jacopo della Quercia, es cuando gana el concurso para la realización
de las dos puertas que le restaban al Baptisterio de San Giovanni de Florencia.
Las segundas que realizó, las Puertas del Paraíso, de una
belleza incomparable, son consideradas la cima máxima del relieve
renacentista.
Sus esculturas traslucen una elegancia lírica acompañada
de perfección técnica así como el interés
que tenía por la sencillez clásica de peso y volumen. En
sus primeros trabajos se observan todavía numerosas reminiscencias
góticas, pero conforme va avanzando el siglo XV va desarrollando
sus nuevas ideas de corte renacentista con mayor intensidad, como se desprende
de una observación de la evolución de su obra, que va tendiendo
hacia una representación más naturalista del movimiento,
el volumen y la perspectiva, así como una idealización mayor
del tema.
En sus últimos años de vida, entre 1447 y 1448, escribió
un tratado de arte en tres volúmenes, un manuscrito que dejó
inacabado, llamado I Comentarî. En él realiza una historia
del arte y de los artistas, tanto antiguos como del Trecento, desde el
propio arte y, a la vez, trata de establecer la base científica
del arte figurativo basándose en la óptica y en la teoría
de las proporciones. Entendía Ghiberti la escultura, y también
la pintura, no como artes de acción, artes mecánicas, sino
como el resultado de la integración entre la técnica, la
materia, y el razonamiento, la invención. I Comentarî refleja,
además, el mundo del propio Ghiberti con una voluntad autobiográfica
hasta entonces desconocida en los tratados de crítica del arte.
SU OBRA.
Ghiberti es conocido fundamentalmente por sus puertas para el Baptisterio
de Florencia, considerada las primeras inauguradoras del arte del Renacimiento
y las segundas, las Puertas del Paraíso, como la cúspide
del relieve renacentista. Estas obras hacen a menudo sombra a otras creaciones
del artista que son igualmente merecedoras de reconocimiento. Mientras
ejecutaba sus primeras Puertas del Baptisterio, fue maestro de obras de
la iglesia de Orsanmichele. En su escultura destacan, por ejemplo, sus
estatuas monumentales de San Mateo (1419-1421) para el gremio de cambistas
de Orsanmichele o las de San Esteban (1425-1426) para el gremio de tejedores
de lana. También a recordar sus bajorrelieves en bronce para la
Fuente bautismal de la Catedral de Siena (1417-1427), con escenas como
el Bautismo de Cristo o San Juan conducido ante Herodes, así como
el Relicario en bronce de San Cenobio y otras tantas obras.
Análisis comparativo
de los Sacrificio de Isaac de Ghiberti y de Brunelleschi.
En el Museo del Bargello, en Florencia, se han conservado las dos piezas
presentadas por Lorenzo Ghiberti y por Filippo Brunelleschi al concurso
de 1401 para la realización de dos de las tres Puertas del Baptisterio
de Florencia, dos relieves en bronce sobre el relato bíblico del
Sacrificio de Isaac. Resulta muy interesante comparar ambas obras para
comprender no ya el gusto del jurado sino la valoración y sentido
de la escultura en Florencia, una ciudad que estaba entrando en su periodo
de máximo apogeo.
La composición de Ghiberti, fundida en una sola pieza, es clara,
diáfana; se dispone en un orden diagonal que separa el grupo del
holocausto y el formado por los dos sirvientes y el asno. El relieve de
Brunelleschi, fundido en cuatro piezas, es aparentemente confuso, aunque
se ordena según dos planos superpuestos en altura cuya atención
se centra en la mano del ángel que agarra el brazo de Abraham,
en el eje central de la obra. El recuerdo de la Antigüedad está
presente en ambas representaciones: la vestimenta y los gestos del patriarca;
el ara del sacrificio; el desnudo de los niños, más en el
de Ghiberti que en el de Brunelleschi; la importancia de los sirvientes,
uno de ellos, el de la parte izquierda del relieve de Brunelleschi, traslación
directa de la conocida estatua romana del Niño de la espina. Son
como fragmentos de lo clásico engastados en un conjunto que todavía
conserva resabios góticos, como el hecho de que el manto de Abraham
quede suspendido en el aire, al igual que la aparición de los ángeles
en vuelo y, entre otros elementos, la presencia simbólica del lagarto
en la composición de Ghiberti. Pero el sentimiento renacentista
queda patente, entre otros aspectos, en el tratamiento individual de los
personajes.
Ambos artistas, sin embargo, independientemente de sus hallazgos en invenciones,
entienden la escena de una manera radicalmente distinta. El relieve de
Ghiberti persigue ante todo la belleza, sea la del relato bíblico,
sea la de los seres y las cosas representadas, mientras que el de Brunelleschi,
muy al contrario, pretende expresar el dramatismo y lo inhumano del mandato
divino. Mientras uno muestra la grandeza del rito, el otro es un arrebato
ante la brutalidad del holocausto; si en la obra de Ghiberti, la voz del
enviado de Dios, lo intangible, es lo que detiene el brazo de Abraham,
dispuesto a dar muerte a su único hijo, al hijo que ama, en la
de Brunelleschi es la fuerza física del ángel la que, en
el último instante, detiene la mano asesina de Abraham sobre la
cabeza rebelde del hijo. En el relieve de Brunelleschi, una nueva concepción
de la vida en busca de la verdad de lo real parece oponerse al espiritualismo
del Gótico que transita en la obra de Ghiberti. Basta cotejar los
dos carneros: el de Ghiberti en lo alto, situado en el espacio divino,
es verdaderamente la imagen premonitoria de Cristo crucificado; el de
Brunelleschi, dispuesto en el ámbito de lo humano, no es más
que un animal preocupado por rascarse la cabeza con una de sus patas.
Al encargar la segunda Puerta del Baptisterio a Ghiberti, los jueces no
se inclinaron seguramente hacia el artista más innovador sino hacia
el mejor escultor, un escultor que supo alcanzar como nadie en todo el
Renacimiento la belleza de lo sublime en el arte del relieve.
Segundas Puertas del
Baptisterio principal de San Giovanni de Florencia.
La realización de las dos puertas que le restaban al Baptisterio
de Florencia, para situarlas junto a las primeras que Andrea Pisano realizó
en Trecento, fue el trabajo que Ghiberti consiguió al ganar el
concurso de relieve sobre el Sacrificio de Isaac en 1402. Trabajó
en las primeras durante más de veinte años, entre 1403 y
1424, ayudado por sus discípulos. Cada batiente contiene catorce
relieves en bronce dorado, con marco cuadrifolio y de un modelado extraordinario,
en los que están representados episodios de la vida de Cristo y
los padres de la Iglesia, como la Flagelación, Jesús ante
los Doctores, Cristo en la tempestad o La oración en el huerto.
Mucho tienen aún estos relieves del estilo gótico, deudores
en gran medida del arte de su predecesor Andrea Pisano, un arte que intenta
valorar la figura frente al vacío del entorno, pero se advierten
claramente rasgos renacentistas. Tanto la perspectiva arquitectónica
como la construcción de los cuerpos consiguen efectos de una gran
expresividad plástica, se adivina una mayor preocupación
por la profundidad del espacio pictórico, la ejecución de
las figuras toma más importancia que la de los ropajes y se observa
un creciente interés por el Mundo Antiguo, factores todos ellos
que evidencian la irrupción del Renacimiento artístico.
Las Puertas del Paraíso.
El excelente trabajo que realizó con las segundas Puertas del Baptisterio
de Florencia hizo que Ghiberti fuera considerado también el más
adecuado para ser el artista que decorara las terceras. Así, emprendió
en 1425 la realización de los relieves en bronce dorado de las
últimas Puertas, que no finalizaría hasta 1452. Las puertas
que, merced a su impresionante hermosura, Miguel Ángel bautizaría
como las Puertas del Paraíso. El programa iconográfico de
estas terceras Puertas de Baptisterio levantó encendidas polémicas
entre los humanistas florentinos, como Leonardo Bruni, Ambrosio Travesari,
Niccolò de Uzzano y Niccolò Niccoli, pues Ghiberti optó
por modificar totalmente la estructura trecentista de Andrea Pisano que
había mantenido en las segundas. El espacio disponible queda dividido
en diez cuadros, cinco para cada batiente, inscritos en una rica y estrecha
orla. La reducción del número de espacios ocasionó
que dos o más episodios del programa tuvieran que fundirse en un
solo cuadrado, creando en consecuencia un principio narrativo necesariamente
distinto al de sus primeras Puertas. Si en éstas la figura humana
concreta el espacio, en las segundas el paisaje y las perspectivas arquitectónicas
dan fondo a las movidas escenas.
Difícilmente el arte del relieve ha superado tal grado de perfección.
Del bajo al alto relieve, los fondos y las figuras van emergiendo de la
superficie hasta alcanzar una plena corporeidad, aunque los cuerpos henchidos
del clasicismo no llegan a perder la armonía y la fragilidad de
movimiento del último Gótico. Y, del mismo modo, las arquitecturas,
aunque concebidas bajo en conocimiento de la invención brunelleschiana,
no llegan a crear un eje inmóvil en el que coincidan todas las
líneas del cono visual, sino que obedece al principio medieval
del punto de vista variable que Ghiberti llama "región del
ojo". Aunque todavía se mantienen resabios del Gótico,
es evidente la evolución del estilo ghibertiano hacia un Renacimiento
más pleno.
El resultado de ese encuentro entre conceptos artísticos, ya que
no opuestos, diferentes, es una síntesis que alcanza la perfección,
una perfección que hizo exclamar a Miguel Ángel que aquellas
Puertas, por su belleza, debían ser las que abrieran el Paraíso.
Aunque la belleza del bronce ghibertiano al parecer no alcanzó
la gloria que según Miguel Ángel merecía, lo cierto
es que cuando en 1452 las Puertas de Ghiberti iban a ser colocadas en
el lado sur del Baptisterio, dada su hermosura merecieron el honor de
desplazar a las de Andrea Pisano para encararse con la gran portada de
la catedral principal de Florencia, Santa María dei Fiori. En su
inacabado manuscrito I Comentarî, Ghiberti considera que de todas
sus obras la creación más extraordinaria son estas terceras
Puertas del Baptisterio, realizadas "con la mayor habilidad, la mayor
ponderación y el máximo espíritu de aventura".
BOTTICELLI
"Por los céfiros lascivos empujada
Veríais la diosa que del mar salía
Exprimiendo cabellera remojada
mientras otra mano el pecho la cubría"
(Poliziano, La Giostra)
EL ARTISTA.
Su vida.
Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, alias Sandro BOTTICELLI (Florencia,
1445 - Florencia, 17 de mayo de 1510), nace en el barrio de la Iglesia
de Ognissanti en una casa de la calle de Vigna Nuova en la próspera
ciudad de Florencia. La infancia de Botticelli, último de cuatro
hermanos, transcurre entre las calles de su ciudad y el olor del cuero
curtido del taller de su padre, donde al parecer trabajaba de aprendiz
y aprendió la técnica del orífice y del dorador.
Sobre el origen del seudónimo artístico bajo el que es conocido
Botticelli existen diversas versiones. El primer biógrafo de Botticelli,
Giorgio Vasari, afirma que procede del nombre de un compadre suyo, Botticello,
con quien aprendió de orífice. Otros estudiosos opinan que
el apodo puede derivar de su actividad artística, pues a los orífices
y orfebres se les denomina "battigellos", es decir, batidores
de oro y plata. La posibilidad más moderna y menos extendida esgrime
que el seudónimo procede de su hermano Antonio que desempeñaba
la misma profesión. La versión más defendida por
la crítica procede del apodo de su hermano mayor, Giovanni, que
debido a su gruesa cintura era llamado "botticelli", es decir,
"tonelete", extendiéndose más adelante esta denominación
a todos los miembros de la familia.
Tras dedicar varios años de su vida a las profesiones de orífice
y de dorador, Botticelli decide encaminar sus pasos hacia el mundo de
la pintura. Ingresa en 1462 en el taller de Fray Filippo Lippi en Prato,
a los dieciséis años. La influencia que ejerce su maestro
sobre sus obras más tempranas se deja sentir tanto en el estilo
como en el tratamiento pictórico, aunque en poco tiempo se observa
una clara evolución personal. De Filippo Lippi no sólo adopta
la gama cromática, sino también la gracia de sus figuras,
inspiradas en formas de estilo gótico. A lo largo de esta etapa
sus pinceles se ocuparán de abordar temas de carácter sagrado,
como la Adoración de los Reyes Magos (1465), la primera obra que
se le atribuye. En esta composición, de formato alargado, introduce
fondos arquitectónicos para acentuar el efecto de la perspectiva,
aunque demuestra su inexperiencia tanto en la distribución del
espacio como en la desproporción de los personajes. Con motivo
del viaje de Lippi a Spoleto, se baraja la posibilidad de que Botticelli
abandonase el taller de su maestro y se marchase al de Andrea Verrocchio
o bien que ambos abran el suyo propio. En 1469, trabaja en la nueva casa
de sus padres situada en la calle Porcellana y colabora en el taller de
Verrocchio, y al año siguiente ya tiene uno propio.
En seguida recibe su primer encargo oficial, para el tribunal del Gremio
de Mercaderes. Es entonces cuando entra en contacto con Tommaso Sorderini,
quien mantenía una buena amistad con los Medici, el cual le encomienda
que ejecute La Fortaleza, donde ya se observan ciertos rasgos pictóricos
que hablan de una rápida evolución: de la suavidad que definen
los colores de sus primeras obras pasa a un cromatismo mucho más
rico, al tiempo que acentúa el volumen de sus figuras. Llegados
a este punto, la mayor parte de los críticos coinciden en atribuir
este cambio a las enseñanzas de Verrocchio, por la delicadeza con
la que describe los objetos metálicos, y a Pollaiuolo en la intensidad
del dibujo. Después, en 1472, se inscribe como miembro de la Compañía
de artistas de San Lucas. Botticelli continúa sus progresos y varios
aprendices entran a su taller, entre ellos, el quinceañero Filippino
Lippi, hijo de su anterior maestro, el fraile Lippi. La experiencia que
va adquiriendo es notable y le permite resolver con gran maestría
técnica sus obras. Un ejemplo de ello es cómo aborda la
perspectiva en la Adoración de los Magos (1472) en la que gracias
a la arquitectura que ampara al excesivo número de personajes,
concentrados en la escena, logra salvar el punto de vista de esta composición
circular, destinada a ser contemplada desde un lugar de gran altura.
La vida de Botticelli transcurre mayoritariamente en la tumultuosa ciudad
de Florencia, capital artística del Quattrocento. Abandona en contadas
ocasiones la tierra que le vio nacer y cuando lo hace es por motivos de
trabajo. Tras un viaje a Pisa en 1474, Botticelli comienza a trabajar
para la familia Medici, relación que se mantendrá durante
muchos años. Bajo la protección de estos importantes mecenas,
el retrato será uno de los géneros al que mayor tiempo dedique.
Uno de los primeros que se le atribuyen es el Retrato de un joven (1474),
considerado un autorretrato; esta imagen, pintada al temple sobre una
tabla y con un fondo plano, carece de elementos secundarios que sitúen
al personaje dentro de un espacio con profundidad. Un año después,
utiliza un paisaje de fondo para ubicar el Retrato de hombre con la medalla
de Cosme el Viejo, al tiempo que muestra una original forma de introducir
al personaje principal en el cuadro: pinta a un joven de medio cuerpo
que sostiene una medalla con la efigie de perfil de Cosme I. Uno de los
retratos más significativos de esta época, por su carácter
alegórico, es el que realiza de Giuliano (1476); situado delante
de una ventana entreabierta, muestra la imagen de un hombre sumido en
la tristeza y, en el ángulo inferior izquierdo, una tórtola
simboliza su castidad tras la muerte de su amada Simonetta. Los rostros
de Cosme el Viejo, Lorenzo y Giuliano de Medici vuelven a protagonizar
la escena de la Adoración de los Magos (1475), en la que Cosme
el Viejo y sus hijos son identificados con los reyes mientras Giuliano
aparece en el extremo izquierdo y la figura del pintor estaría
situada en el lado derecho. El papel del donante es fundamental en este
periodo, pues en todas las obras pagadas por particulares el pintor debía
dar a conocer la generosidad de estos personajes, bien con sus retratos
o bien reproduciendo el escudo de armas de la familia.
Entrando en la década de 1480 y antes de su marcha a Roma, Botticelli
decora la Iglesia de Ognissanti en Florencia con la figura de San Agustín
(1480) por encargo de los Vespucci, una poderosa familia de burgueses
florentina, y realiza también la Anunciación (1481) en el
Hospital de San Martino della Scala. A lo largo de esta la década
de los ochenta, el artista ilustra con diecinueve ilustraciones sobre
pergamino una edición de La Divina Comedia de Dante, comentada
por Landino, obra reeditada por los erúditos de la época
pertenecientes a la Academia, que ven un carácter neoplatónico
del que son partícipes en los versos de Dante. Su fama y éxito
profesional van en aumento hasta el punto de que Botticelli es escogido
por el Papa Sixto IV para ir a Roma con una comitiva de pintores encargada
de ejecutar los frescos de la Capilla Sixtina. Ghirlandaio y Perugino,
primero, y más tarde Piero di Cósimo, Signorelli y Pinturicchio
fueron los artistas que junto con el florentino formaron tan excepcional
séquito, acabando la decoración de la capilla en 1482. A
Botticelli le corresponde poner en escena los episodios de Las Pruebas
de Moisés, Las Tentaciones de Cristo y La Conturbación de
Moisés. Fuentes de la época indican que ni él ni
Ghirlandaio cobraron sus honorarios, por lo que las obras quedaron inconclusas.
Una vez terminados estos frescos, el artista regresa a su Florencia natal,
donde sus protectores, los Medici, le encargan en 1483 que decore las
paredes de la villa de Lorenzo el Magnífico, situada en Spedaletto,
localidad cercana a Volterra, trabajo que es ejecutado, de nuevo, junto
con Perugino y Ghirlandaio y el joven Filippino Lippi. Botticelli también
decorará la villa de Trebbio de Pierfrancesco de Medici en 1496.
A su regreso a Florencia en 1482 su prestigio aumenta de forma notable,
de manera que tiene que hacer frente a numerosos encargos. A esta década
pertenece el grueso de su producción profana, como las pinturas
sobre tabla del Decamerón de Bocaccio. Minerva dominando al centauro
( 1482), Venus y Marte (1483) y el Nacimiento de Venus (ap. 1485) serán
tres de los cuadros más importantes que realiza en este periodo
por encargo de Lorenzo Pierfrancesco, y que se piensa que acompañaban
a La Primavera.
La situación política se complica en Florencia. El fraile
dominico Girolamo Savonarola llega a la ciudad en 1482, afectando en sumo
grado a toda la sociedad toscana. Savonarola predica contra las obras
de arte que sólo buscan el placer de los sentidos y propugna por
la utilización del arte como medio para mostrar la grandeza y belleza
divina de Cristo. Los Medici son expulsados de Florencia en 1494 y el
poder del dominico se extiende cada vez con más fuerza por toda
la región de la Toscana. La influencia del fraile preocupa al Papa,
quien lo excomulga, y un año después, en 1498, Savonarola
es quemado en la hoguera. Aunque Botticelli no era uno de sus seguidores,
sus sermones influyeron no poco en su forma de pensar. De hecho, cuando
en 1497 arden en Florencia las llamadas Hogueras de las Vanidades, a las
que los seguidores de Savonarola arrojaron obras de arte, artículos
de lujo y toda muestra de fastuosidad que les pareciera contraria a su
moral, parece ser que el pintor también entregó a las llamas
algunos de sus cuadros. En estos días, además, se produce,
debido a la fuerte influencia savonaroliana, un aumento importante de
encargos de carácter religioso en detrimento de la obra profana.
Así, pone ahora Botticelli sus pinceles al servicio de la concepción
del arte que predicaba Savonarola, tratando en sus obras el tema religioso
y abandonando su naturalismo y fastuosidad en favor del contenido del
cuadro y la humildad y sencillez de las formas. En esta época,
la actividad pictórica de Botticelli sufre algunos altibajos, pues,
al margen de la situación política en Florencia, cada vez
más revuelta con la subida al gobierno del antimediceo Soderini
en 1502, el artista pasa por un periodo de fuerte crisis espiritual y
sufre todo un conglomerado de problemas. Pero, a pesar de todo ello, en
1499 tiene suficientes encargos y dinero para inscribirse en el Gremio
de los Médicos, a la vez que continúa perteneciendo a la
Compañía de Pintores de San Lucas. Pese a su periodo de
crisis, el prestigio de Botticelli como artista sigue en pie y su opinión
es buenamente valorada por sus compañeros y mecenas, motivo por
el cual Lorenzo el Magnífico consulta a este pintor junto a otros
prestigiosos artistas de gran talla, como Perugino, Ghirlandaio, Sangallo,
Filippino Lippi y Leonardo Da Vinci, sobre un proyecto importante para
la ciudad de Florencia: la elección de un lugar donde colocar la
famosa estatua de David esculpida por Miguel Ángel.
Los cinco últimos años de vida de Botticelli carecen de
datos relevantes. Parece ser que la miseria y el olvido son sus únicos
compañeros. Giogio Vasari, importante biógrafo de artistas,
escribe en sus Vidas que "finalmente se vio viejo e inútil
y caminando con dos muletas porque no podía tenerse en pie".
Así murió uno de los grandes artistas de la Historia, enfermo
y decrépito. Sandro Botticelli fallece a los sesenta y cinco años
de edad y su cuerpo es enterrado en el cementerio de la Iglesia Todos
los Santos de Ognissanti en Florencia, en el barrio que le vio nacer,
acompañado de una de sus obras más valoradas, San Agustín
en su gabinete, cuadro que, curiosamente, recoge el momento de la muerte
del santo.
Su personalidad.
Los historiadores del arte, en especial Vasari, definen al pintor como
un joven inquieto y extravagante, muy dado a las bromas; un hombre lleno
de imaginación y con una inteligencia viva, dispuesto siempre a
experimentar con nuevos métodos; un espíritu curioso e indagador
que llegó a afirmar que "con sólo arrojar una esponja
empapada en distintos colores contra un muro, ésta deja en la pared
una mancha, donde se ve un hermoso paisaje". Esta extravagancia y
su retorcido sentido del humor parecen ser características parejas
a la genialidad.
Los lazos familiares que unen a Botticelli con sus seres más queridos
son bastante intensos. El artista convive con sus padres en los primeros
años de su vida y luego con sus hermanos y sobrinos. Una vez finalizada
la etapa paterna del artista, Botticelli sigue manteniendo lazos muy estrechos
con el resto de la familia, quizás porque nunca llega a casarse.
Se dice que Botticelli tuvo un amor platónico en una joven genovesa
llamada Simonetta, esposa de Guiuliano de Medici, muerta en plena juventud
en 1476. Muchas de las hermosas mujeres pintadas en sus cuadros se interpretan
como inspiradas en esta amada suya. También hay quien dice que
Botticelli era en realidad homosexual. De hecho, fue denunciado anónimamente
por mantener prácticas sexuales con uno de sus discípulos
en 1502, aunque esta acusación por sodomía no llegó
a tener repercusiones
Botticelli se introdujo en el círculo de los Medici y trabajó
para ellos. El artista asumió el neoplatonismo mediceo, los principios
filosófico-artísticos de esta poderosa familia florentina,
corriente de pensamiento que marca durante muchos años su forma
de vivir y pintar. El neoplatonismo defiende la belleza, la idealización,
el lujo como medios para alcanzar la perfección espiritual, ideal
al que el Hombre debe aspirar. Sin embargo, algo bullía en el interior
de Botticelli, su fe cristiana se sacude incómoda con el paso de
los años en ese ambiente mediceo cargado de lujo y palabras vacuas.
Varias hechos hicieron reflexionar al pintor e influyeron en su ánimo:
por un lado, la realización de los dibujos de un libro con un dantesco
fondo religioso, La Divina Comedia; por otro los sermones del fraile dominico
Girolamo Savonarola, cuyas palabras apaciguan la fuerte crisis de valores
que el artista sufre en la década de 1490. Toda Florencia escuchaba
a este monje que defendía la sencillez frente al lujo eclesiástico
y mediceo. Savonarola predicaba contra la fastuosidad y la belleza mundanal
pero, consciente de la cada vez mayor influencia que el arte ejercía
sobre el pueblo, no propugnaba por la eliminación de todas las
obras de arte sino que pretendía que éstas fueran puestas
al servicio de Dios, que no buscasen el gozo de los sentidos sino expresar
la belleza divina, que no tiene nada que ver con lo material, para promover
la fe. Botticelli interiorizó profundos valores éticos y
místicos del Cristianismo, que le hacen centrar su atención
en la temática religiosa en detrimento de los asuntos mitológicos,
así como sacrificar la belleza formal y la búsqueda de la
perfección de las proporciones y las perspectivas, factores tan
importante en la corriente neoplatónica y en el Renacimiento, en
favor del contenido del cuadro, y renunciar al lujo de detalles y de la
composición en pro de la humildad y de la sencillez de las formas.
Reconocer al pintor.
Estudiar la obra de Botticelli no se limita a realizar un análisis
exhaustivo de sus creaciones, sino que conlleva el examen de toda una
época. Su formación y su madurez coinciden con un momento
de esplendor artístico bajo el mecenazgo de los más grandes
amantes de las artes que ha visto la Historia. Todo ello en la ciudad
de Florencia, cuna del intelecto. Filósofos, pintores, escultores
y arquitectos alcanzarán el éxito en una etapa marcada por
el gobierno de los Medici.
Por tanto, la obra de Botticelli no escapa a la riqueza intelectual de
estos años. Sus cuadros contienen toda una simbología difícil
de desentrañar, por lo que para realizar esta labor es necesario
tener en cuenta la literatura y las tendencias ideológicas predominantes.
Así, La Primavera, el Nacimiento de Venus o la Minerva dominando
al centauro contienen un significado que va más allá de
la mera interpretación pictórica. Dante, Bocaccio, Ginevra
degli Albieri y la literatura popular fueron una constante fuente de inspiración
para Botticelli, cuyos frescos y tablas recuperaron en más de una
ocasión las historias de estos autores. Sobre pergamino hizo decenas
de dibujos con los que ilustró los versos de La Divina Comedia.
Exquisito y refinado en el dibujo, enriquece sus composiciones con una
amplia gama cromática que hereda de sus maestros. Los grandes fondos
arquitectónicos y los contornos marcados son dos rasgos constantes
en sus composiciones. Aunque uno de los elementos que verdaderamente distingue
su obra del resto de sus contemporáneos es la melancolía
de sus personajes. La firma de Botticelli se hace presente cuando el pintor
envuelve todo este cúmulo de características en un ritmo
y una cadencia que trasforma los trazos y colores en notas musicales.
Mas si la melancolía aparece como uno de los rasgos más
personales en la obra de Botticelli, el rostro de las mujeres que dibuja
representa un ideal de belleza que siempre repetirá a lo largo
de su obra. Una vez más hay que hablar de esa tristeza que define
la expresión de sus personajes. En este sentido, el testimonio
de Walter Pater es bastante acertado cuando en 1850 afirma en su obra
sobre el pintor: "infunde a sus personajes, sagrados y profanos,
especial y muy reservada emoción, en cierto modo angelical; son
como seres que se encontraran desplazados en este mundo, desterrados en
el suelo, sin poder desarrollar sus cualidades, aunque conscientes de
su pasión y energía. Esto da a ellos y a la obra de Botticelli
un sentimiento de inefable melancolía". Féminas de
piel pálida con largos cabellos y ojos dorados son el prototipo
de mujer que plasma en sus composiciones. La inteligencia y la sabiduría
de sus Venus, que como diosas presiden complicadas escenas mitológicas,
se repite en las Madonnas de sus cuadros, cuya efigie también aparece
distante frente al espectador. Prueba del éxito que obtiene con
el ideal femenino que presenta son la cantidad de réplicas que
realiza su taller de la diosa desnuda que aparece en el Nacimiento de
Venus. Sin embargo, de la misma forma que Miguel Ángel dotará
años más tarde a sus efebos de una sensualidad casi femenina,
Botticelli imprime a las modelos de sus cuadros una virilidad que se traduce
en fuerza. Precisamente, una de las obras en las que mejor se aprecia
esta cualidad es en la representación de La Fortaleza.
Por otra parte, el movimiento y la trasparencia de sus vestidos no sólo
incrementa la sensualidad de sus figuras, sino que dota a sus composiciones
de un ritmo que algunos autores han llegado a calificar como poesía.
La capacidad de Botticelli para infundir vida a sus figuras es una de
sus características principales, así como desde el punto
de vista técnico, la ligereza de los vestidos que pinta, agitados
por el viento, que potencian este efecto. La Primavera es, sin duda, una
de las obras más dinámicas de su legado. Aquí el
movimiento se convierte en una danza que comienza con la pasión
de un céfiro lascivo que trata de fecundar a Cloris y continúa
con el baile de las Gracias, unidas por sus manos. En el extremo izquierdo,
Mercurio alza su brazo para despejar las nubes, cerrando así esta
escena, presidida por Venus y Cupido. Resulta evidente que las vestimentas
ligeras y trasparentes de sus personajes facilitan una sensación
de fragilidad y delicadeza, como ocurre en el Regreso de Judith a Betulia.
Quizá las obras de su última etapa carecen de esa frescura.
Los conflictos religiosos y tal vez las circunstancias personales guían
sus trazos con mayor austeridad.
Una muestra de los rostros de los personajes más poderosos del
Quattrocento, un recorrido por los planteamientos literarios y filosóficos,
a través de la figura de Venus, o el reflejo de los sentimientos
religiosos configuran el total de la producción de este autor.
En esta relación hay que recordar aquellos temas de carácter
profano, cuya fuente de inspiración se encuentra en las historias
del Decamerón, en la Divina Comedia o en los avatares de sus antepasados.
La propaganda política en un momento de intrigas y conspiraciones
será otro de los motivos que ocupen parte del legado del toscano.
La pintura dedicada a los temas sagrados ocupa una parte destacada de
la producción de Alessandro Botticelli. Es en su obra religiosa
donde mejor se advierte su evolución y los cambios que esta conlleva.
La dulzura de sus primeras Madonnas o la alegría de las Adoraciones
que corresponden a sus años de juventud no tienen nada que ver
con el pesimismo y dolor que caracteriza sus últimos cuadros. La
riqueza cromática y el preciosismo con el que reproduce la Ofrenda
de los Reyes al Niño es la nota predominante a partir de 1470.
En los cuadros que se refieren a este tema se repiten símbolos
como el pavo real, o la presencia de elementos profanos como el mono o
los ropajes. Otro elemento frecuente son las ruinas que se alzan al fondo,
y edificaciones que además le facilitan la construcción
de la perspectiva y de una tercera dimensión. Con el paso del tiempo
los conflictos religiosos y las predicaciones de Savonarola transformarán
esa dulzura de este periodo en amargura.
El legado artístico de Botticelli permite conocer en la actualidad
a algunos de los personajes más importantes de la época.
Desde los Medici, hasta los filósofos, sabios y poetas de la Academia
posaron para este artista que supo extraer de sus rostros una expresividad
formidable.
Poesía, ritmo y música son las tres palabras que vienen
a la mente de la mayoría de los historiadores de Arte cuando se
les pregunta por la obra de Botticelli. Uno de los elementos que contribuye
a crear este efecto es la cadencia y armonía que contienen sus
composiciones. Dibujante de trazo veloz y preciso, dota a sus líneas
de una fuerza que acentúa el movimiento de los personajes que participan
en la acción sin tener que recurrir a otras estrategias pictóricas.
En definitiva, hoy su producción es considerada como la representación
más característica del Quattrocento florentino, y algunos
de sus cuadros como auténticas obras maestras. Pero no siempre
ha sido así. A pesar del reconocimiento que Filipepi tiene en vida,
tendrán que pasar más de trescientos años hasta que
los estudiosos examinen su legado.
La vida y obra de Botticelli continúan siendo en ocasiones un secreto
para los historiadores del Arte, que se sienten incapaces de resolver
más de una incógnita. Sus biografías, llenas de hipótesis
y conjeturas, tratan de desvelar la identidad de sus Venus con la misma
pasión que interpretan La Primavera de mil formas diferentes. Inmerso
en una época de grandes pensadores, que consideraban la belleza
como la vía más adecuada para alcanzar la espiritualidad,
el arte de Botticelli se recreaba en la fantasía y los símbolos,
razón por la que todos estos enigmas incrementan el encanto de
sus obras. A la atmósfera ensoñadora que cubría sus
cuadros se sumaría cuatrocientos años después el
halo de misterio que rodea todo lo desconocido.
SU OBRA.
Epifanía (1465-1467).
Tras abandonar el taller de Filippo Lippi donde había realizado
su formación, Botticelli inicia su larga carrera con esta Epifanía,
uno de sus temas más repetidos. Su obsesión por la perspectiva
queda de manifiesto al colocar un pequeño muro en la zona derecha
del primer plano, así como en las referencias arquitectónicas.
La composición esta organizada en tres zonas separadas por pilares
y columnas, existiendo una evidente descompensación entre la zona
derecha más vacía y la izquierda recargada de figuras. Tampoco
existe una conexión clara entre las tres partes citadas, empleando
algunas figuras para este menester como el enano de la izquierda. A pesar
de la multitud de personajes que se incluyen en la escena, apenas existe
relación entre ellos, poniendo de manifiesto un evidente aislamiento.
Dejando de lado las notas "negativas" que definen esta obra
juvenil de Botticelli, debemos destacar el refinado tratamiento que otorga
a la línea y al color así como la gracia con la que trata
las figuras, especialmente la de María como repetirá más
adelante en las Madonnas. El formato alargado de la tabla sugiere un elemento
mobiliario, posiblemente el frontal de un arcón o el respaldo de
un sofá, muy habitual en el Renacimiento.
Madonnas.
La dependencia de su maestro, Fray Filippo Lippi, se pone de manifiesto
en toda la etapa juvenil de Botticelli, especialmente en la representación
de las numerosas Madonnas con las que inicia su carrera artística,
al estar muy demandadas por la clientela florentina. En ellas se aprecia
una clara influencia de su maestro tanto en la composición como
en el tratamiento de los ropajes o la delicadeza de los contornos, aunque
el joven pintor ya incorpora algunos elementos que le alejan de la órbita
de Lippi. La delicadeza de las figuras, en las que destaca el perfecto
dibujo y el rico tratamiento de las telas, supone un completo avance ante
la pintura del primer Renacimiento representado por Fra Angelico o Paolo
Ucello.
En la Virgen con Niño y ángel (1465-1467), Botticelli repite
un esquema empleado por su maestro al colocar a la Virgen de perfil y
a un ángel de espaldas mirando hacia el espectador. Las perfectas
líneas de los contornos y el refinado tratamiento de las telas
también están inspirados en la obra de Lippi, en una imagen
de delicada belleza que era muy demandada por la nobleza florentina del
momento. Una de las principales aportaciones de Botticelli será
el brillante colorido, como aquí observamos en la túnica
de María. Su preocupación por la perspectiva le lleva a
colocar un arco como fondo, siguiendo las recomendaciones de Leon Battista
Alberti. La delicada belleza de María y el ángel contrasta
con el mayor realismo de la figura del Niño, mirando a su madre
con viveza. Al dirigir la mirada del ángel hacia el exterior quiere
Botticelli hacer partícipe a los espectadores de la escena, en
una actitud muy utilizada años más tarde.
En la Virgen con Niño, dos ángeles y San Juanito (1465-1470),
la figura de María, con los ojos cerrados asumiendo el destino
que correrá su hijo, ocupa la mayor parte de la composición,
acompañada por dos ángeles de idealizados rostros. San Juan
Bautista sujeta al Niño de amplio canon, siendo quizá el
personaje de mayor realismo. Los colores empleados son muy vivos, destacando
el rojo de la túnica de la Virgen y las transparencias del velo.
En esta escena, Botticelli prescinde de referencias arquitectónicas,
recortando las figuras sobre un fondo en el que sugiere una alusión
al cielo. La cercanía de las figuras al espectador y la mirada
de uno de los ángeles hacia el exterior son elementos utilizados
para introducir el asunto y reforzar el mensaje religioso del conjunto.
En la imagen de Virgen con Niño en gloria (1469-1470), una en las
que más puede observarse la influencia de Fray Filippo, ambas figuras
se recortan sobre un fondo dorado que refuerza su planitud aunque el artista
se esfuerce por otorgar cierta volumetría colocándolas muy
cercanas al espectador. Las calidades de las telas se manifiestan con
exquisito detalle, especialmente Las transparencias del velo de la Virgen.
El juego de miradas entre la Madre y el Niño resulta curioso al
dirigirse María hacia su hijo y Jesús hacia el espectador,
humanizando su figura a pesar de la amplitud de su cuerpecito. Si la comparamos
con la Virgen del jardín de rosas podremos apreciar el avance en
la pintura de Botticelli, gracias a su relación con los Pollaiolo
y Verrocchio.
Regreso de Judith
a Betulia (1469-1470) y Descubrimiento del cadáver de Holofernes
(1469-1470).
La historia bíblica de Judith será una de las favoritas
del Renacimiento en Florencia, poniendo en un lugar elevado la figura
femenina. Ante el grave riesgo que suponía para los judíos
establecidos en Betulia la presencia de las tropas del rey asirio Holofernes,
la heroína fue la única persona de su pueblo que demostró
suficiente valentía como para matar al tirano. Viuda desde hacía
unos meses, Judith apenas salía de su casa, ayunaba todos los días
y llevaba un cilicio sobre su cuerpo. Ante la desesperada situación
de la ciudad sitiada y sin agua, decidió intervenir poniéndose
sus mejores galas para destacar su belleza; se encaminó hacia el
campamento de Holofernes, quien se prendó de sus encantos, obteniendo
del rey cuanto pidiera. Una noche, Holofernes organiza un banquete al
que asisten sus generales y la bella Judith con sus mejores vestidos y
joyas. Tras abandonar los comensales la tienda del rey, Holofernes yace
ebrio sobre su cama, momento que aprovecha Judith para cortarle la cabeza.
Acompañada de su criada Abra, regresan a Betulia donde exhiben
el trofeo. Los asirios, ante la muerte de su líder, huyen en desbandada,
obteniendo el ingenio un sonado triunfo ante la fuerza.
El momento elegido por Botticelli para su composición del Regreso
de Judith a Betulia presenta a la bella heroína, quien porta la
espada de Holofernes y una rama de olivo como símbolo de paz, y
a su criada con la cabeza del tirano, enmarcadas en un hermoso paisaje.
Ambas figuras están captadas en movimiento, reforzado por los pliegues
de los paños, pegados a sus cuerpos. Pero también trasmiten
serenidad, conjugando dos elementos muy comunes en la obra de Botticelli.
Las figuras están sabiamente modeladas gracias al empleo de la
luz, destacando su aspecto escultórico, en sintonía con
los trabajos de los Pollaiolos y Verrocchio, con los que Botticelli se
relacionó en estas fechas. El efecto de la perspectiva es un importante
logro en esta escena al mostrar un amplio paisaje tras ambos personajes.
Las tonalidades del fondo están en sintonía con el vestido
de Judith, creando un efecto de delicada belleza.
El Descumbrimiento del cadáver de Holofernes muestra cómo,
tras ser decapitado por Judith, el rey asirio yace sobre el lecho siendo
descubierto el cuerpo por sus generales a la mañana siguiente.
Botticelli nos introduce en la escena al situar al cadáver en primer
plano como si el espectador fuera un militar más que contempla
el macabro descubrimiento. La perspectiva empleada es elevada, licencia
pictórica utilizada para destacar a Holofernes, cuyo cuerpo escultórico
se convierte en el protagonista. La luz resbala por el cadáver
mostrando la admiración del artista hacia las esculturas de la
Antigüedad gracias a su relación con los hermanos Pollaiolo
y Andrea del Verrocchio. La expresión de los personajes transmite
cierta resignación, ahondando en el efecto escenográfico
que se respira en la composición. La perspectiva ha sido relegada
al colocar como fondo las telas de la tienda de campaña donde se
han producido los hechos, existiendo una referencia paisajística
en la zona central.
Con estas obras de exquisito dibujo y brillante colorido, Botticelli se
abre un hueco entre la exigente clientela florentina que pronto hará
de él uno de sus preferidos. Las pequeñas dimensiones de
ambas tablas sugieren que estaríamos ante piezas de gran valor
para su propietario, que se guardarían en cofres o estuches para
mostrarlas en momentos especiales.
Desconocido con medalla con Cosme de Medici (1475).
La anónima identidad de este Desconocido con medalla con Cosme
de Medici que Botticelli retrata en esta tabla ha motivado diversas hipótesis:
desde pensar que se trata de un simple fabricante de medallas hasta considerarle
un miembro de la todopoderosa familia florentina de los Medici, especulando
también con la posibilidad de que fuera un ahijado de Cosme el
Viejo, dado que entre sus manos encontramos la medalla del hábil
político y comerciante florentino. La figura se recorta sobre un
fondo de paisaje atravesado por un río en el que se refleja la
luz dorada, en sintonía con la medalla que protagoniza la composición.
La intensa mirada del personaje se dirige al espectador, una de las características
de la pintura de Botticelli que se repite en esta primera etapa. Los ojos
verdes del caballero se resaltan gracias a la luz que modela su figura,
destacando el carácter escultórico del rostro y de las manos.
Alegoría de la Primavera (1478).
Cuando Botticelli realiza esta obra magna en pleno Renacimiento italiano
no podía ser completamente consciente de la trascendencia que supondría
para el arte posterior. Lo primero que debiera llamar nuestra atención,
en relación con los usos de la época, es su enorme formato,
pues la pintura profana casi nunca utilizó estas dimensiones, que
se reservaban para la expresión de los temas sacros; esto le confiere
un carácter de cristianización de un tema que a primera
vista parece totalmente ajeno a las creencias religiosas. Por otro lado,
bien pudiera relacionarse con otro género de la época, el
tapiz (los tapices sí tenían este gran tamaño y se
dedicaban sobre todo a la pintura profana, puesto que su función
era decorar muros, cerrar vanos, etc.) reforzando el paralelismo de esta
obra con el tapiz tenemos el suelo sembrado de flores, como ocurre en
la Anunciación de Fra Angélico, según el modelo milflores
de tejidos flamencos y franceses.
El tema del cuadro es extremadamente complejo: abundan las figuras de
la mitología clásica, pero no componen ninguna escena conocida
de los textos clásicos, aunque parece seguro que se trata de una
alegoría de carácter moral bajo la apariencia de la mitología
antigua. Este cuadro ha sido interpretado por los críticos desde
diferentes puntos de vista. Una de las versiones más hermosas por
su romanticismo es aquella que, inspirada en los escritos de Piliziano,
identifica la escena como una representación de amor entre Giuliano
y Simonetta Cattaneo. Quienes sostienen esta teoría aseguran que
la bella dama sería una de las tres gracias y la imagen de Mercurio
correspondería con la de su amado, aunque, sin embargo, las flechas
de Cupido se dirigen hacia Castidad, la única Gracia cuyo rostro
apenas guarda parecido con el de Cattaneo. Es posible intuir la explicación
del cuadro a través del cliente del encargo: Botticelli lo pintó
para el jovencísimo Lorenzo di Pierfrancesco di Medici, miembro
de la prestigiosa familia Medici. Lo encargó para él su
tutor, el filósofo Marsilio Ficino, quien encarnaba el auge del
Neoplatonismo florentino típico del Quattrocento. Es más
que probable que fuera Ficino el diseñador del programa de la obra,
siguiendo los postulados de Alberti en la parte estética. Siguiendo
a los neoplatónicos, existen autores que reconocen en La Primavera
los versos de Ovidio en Fastos. Así, comienzan por dividir el cuadro
en tres partes donde se puede contemplar a la ninfa Cloris que tras ser
perseguida por Céfiro, el viento primaveral, se transforma en Flora
y aparece cubierta con un manto repleto de flores. En el lado izquierdo
las Gracias danzan unidas entre sí y un Mercurio distraído
dirige su gesto hacia el cielo para apartar las nubes con el mismo bastón
que separó a dos serpientes en una pelea, convirtiéndose
desde entonces en símbolo de la paz. Todo ello bajo la mirada reposada
de Venus, cuya presencia garantiza la armonía y la concordancia
de los elementos que se dan cita en el cuadro. Una de las teorías
más extendidas es la que sostiene que la diosa del amor encarnaría
un cúmulo de virtudes, identificándose con Humanitas. Venus,
aquí, nace de la unión entre Júpiter y Juno, por
lo que representa lo material y lo sexual. Quizás resulte más
acertado, sin embargo, pensar que no se apoyó en un solo texto
para interpretar esta escena, sino en diferentes fuentes, como en Lucrecio
y Séneca.
Mercurio, Las tres Gracias, Cupido, la Primavera, Flora y Céfiro
fueron los ocho representantes del Olimpo que Botticelli escogió
para que acompañaran a Venus, al figura que preside la imagen,
en una de las que sería su obra maestra. Bajo un idílico
marco, el pintor retrata a todos los personajes alrededor de la diosa
del amor. La presencia de la diosa Flora, heraldo de la Primavera, da
título a la obra. Independientemente de las versiones relacionadas
con este cuadro, el aspecto más importante es su valor artístico.
El color y el movimiento hacen de esta representación, pintada
sobre tabla, una de las obras maestras de Botticelli y del Quattrocento.
Las transparencias de los vestidos que llevan las Gracias y Cloris, y
la liviandad de los personajes que parece que flotan en el aire convierten
esta composición en una visión onírica repleta de
ritmo y dulzura.
Madonna del Magnificat (1480-1481).
Una de las obras más famosas de Botticelli, realizada para algún
importante cliente florentino, posiblemente un miembro de las familias
Medici o Rucellai. La gran cantidad de pan de oro empleada indica la riqueza
de este cliente anónimo, como se aprecia en los rayos dorados,
la corona o los bordados de los ropajes. El nombre de esta Madonna del
Magnificat procede de las primeras palabras del himno a María que
aparece en la página derecha del libro, mientras que en la izquierda,
sobre la que escribe la Virgen, se ha identificado el himno que san Zacarías
realizó con motivo del nacimiento de su hijo, San Juan Bautista,
patrono de la ciudad de Florencia. María escribe las últimas
líneas de ese himno bajo los dictados de su hijo, que dirige la
mano de la Virgen. Los cuadros circulares reciben el nombre de tondos,
siendo muy populares en la Italia del Renacimiento, sobre todo para decorar
palacios o edificios gremiales. Esta Madonna del Magnificat resulta una
composición harto acertada al adaptarse las figuras al marco con
una admirable gracia. Así la Virgen se curva para formar un semicírculo
en sintonía con el marco, de la misma manera que el ángel
que protege a los dos que sujetan el libro agacha su cabeza. En los laterales
hay dos nuevos ángeles que incluso se muestran cortados; al fondo,
un paisaje deudor de las influencias de la pintura flamenca de los Van
Eyck o Rogier van Der Weyden, cuyas obras llegaban a Italia gracias al
floreciente comercio entre ambos países. Un arco de medio punto
sirve de marco arquitectónico al conjunto, en sintonía con
las obras que se realizan en el Quattrocento. Los personajes están
sabiamente modelados gracias a la luz, acentuando el aspecto escultórico
que Botticelli exhibe tras su relación con los hermanos Antonio
y Piero Pollaiolo y Andrea del Verrocchio. La línea domina un conjunto
en donde el color tiene también un papel relevante, destacando
los tonos rojos y azules acentuados por el pan de oro.
Rebelión contra la Ley de Moisés (1481-1482).
El éxito de Botticelli en Florencia fue tal que se extendió
fuera de las fronteras de la ciudad, llegándole encargos de otros
lugares. El más importante es la llamada del Papa Sixto IV para
decorar en Roma las paredes de la capilla destinada a la elección
del Papa, la famosa Capilla Sixtina, en cuyo techo realizará años
más tarde Miguel Ángel sus famosos frescos. Junto a Botticelli
trabajarán Domenico Ghirlandaio, Cosimo Rosselli y el Perugino.
En menos de un año los distintos artistas tenían concluidos
sus encargos, cuya temática comprende hechos del Antiguo y Nuevo
Testamento con escenas de la vida de Moisés y de Cristo. Botticelli
será el encargado de ejecutar tres de las escenas junto a diversos
retratos de papas que se sitúan sobre ellas y unos cortinajes ficticios
que se encuentran bajo las escenas. La Rebelión contra la Ley de
Moisés es uno de los frescos más importantes del ciclo ya
que lleva implícita la advertencia del Papa Sixto IV a aquéllos
que se rebelen contra su autoridad.
Moisés y su hermano Aarón fueron los elegidos por Yaveh
para guiar al pueblo judío desde Egipto hasta la Tierra Prometida.
Los sufrimientos que padecieron durante el trayecto provocaron diversas
revueltas contra la Ley de Dios, que Botticelli recoge perfectamente en
este trabajo. En el centro de la composición se muestra la revuelta
de Coré, auspiciada por los hijos de Aarón y otros levitas
contra la autoridad del Sumo Sacerdote Aarón al realizar un sacrificio
de incienso; Aarón aparece vestido de azul y con barba blanca agitando
su incensario y haciendo caer a los rebeldes. A la derecha, la rebelión
de los judíos contra Moisés debido al cansancio de la población
y los sufrimientos tras la salida de Egipto; la muchedumbre se abalanza
sobre Moisés, el anciano con barba blanca y túnica amarilla
que tiene rayos dorados sobre su cabeza, intentando lapidarle, recibiendo
la protección de Josué. En la escena de la izquierda contemplamos
el castigo divino al tragarse la tierra a todos los rebeldes mientras
los inocentes se elevan sobre una nube.
Tras las diversas escenas hay varias construcciones clásicas insertadas
en un paisaje, que retoman la preocupación por la perspectiva tradicional
en el Quattrocento. La representación de diversas escenas en el
mismo espacio provoca la repetición de personajes, apareciendo
Moisés en tres ocasiones. Estas repeticiones tienen un origen medieval,
permitiéndose en el Renacimiento si el tema lo exigía. Sin
embargo, el ambiente creado por Botticelli y las figuras no tiene ningún
elemento gótico sino que exhiben toda la calidad del maestro florentino.
Su dibujo es tan perfecto como el empleo del color y de la perspectiva;
las figuras están dotadas de un amplio efecto escultórico
que recuerda a Donatello o Verrocchio, colocándolas en diversas
posturas para agradar a su cliente. Su admiración por la Antigüedad
clásica viene determinada por el empleo de construcciones romanas
como el Arco de Constantino con el que el Papa Sixto IV quiere aludir
a su vinculación con el poder temporal del Imperio Romano, dentro
de un programa iconográfico especialmente diseñado para
resaltar los poderes del Sumo Pontífice.
Los Sacrificios y tentaciones de Cristo y diversas Escenas de la vida
de Moisés completan el ciclo de frescos pintado por Botticelli
en las paredes de la Capilla Sixtina.
Historia de Nastagio
degli Onesti (1483).
Botticelli, en un periodo de madurez artística, se inspiró
en la inmortal obra de Bocaccio, el Decamerón, para narrar esta
historia trágica de amor y muerte. La serie de Nastagio degli Onesti
fue encargada a Botticelli por el mercader florentino Antonio Pucci como
regalo de bodas para su hijo Giannozzo en 1483, sirviendo para decorar
las paredes del salón nupcial. Concretamente, el episodio que elige
es la Historia de Nastagio degli Onesti. El modo de contarlo es de características
medievales, puesto que utiliza la presencia simultánea del mismo
personaje varias veces en el mismo cuadro; cada cuadro actúa como
un viñeta de cómic, que muestra la evolución de la
historia. Estos recursos fueron muy frecuentes en el Gótico italiano,
pero en el Quattrocento, cuando se realiza esta serie, ya habían
sido desechados por los artistas más avanzados.
Nastagio, joven noble, ha sido rechazado en sus pretensiones matrimoniales
por Paola Traversari, de quien está enamorado. Triste, pasea sus
penas a solas por el bosque donde, de repente, presencia la aparición
fantasmal de una mujer desnuda que huye desesperadamente de un jinete
y su jauría. Estas acciones se recogen en el primer cuadro y se
encuentran separadas por momentos gracias a los enmarques de los troncos
de los árboles del bosque. El joven Nastagio aparece de tal modo
dos veces. En el siguiente cuadro, Nastagio contempla horrorizado cómo
los perros dan alcance a la mujer, a la cual el caballero mata y destripa,
ofreciendo sus entrañas a los animales. Finalizado el suplicio,
la mujer se levanta y la persecución se reanuda, como se observa
en las figuritas del último plano del bosque. El caballero cuenta
a Nastagio que la crueldad de ella ante sus peticiones amorosas provocaron
su suicidio y el tormento eterno de ambos. En el tercer cuadro, Nastagio,
notablemente impresionado, convoca a sus familiares y a su amada para
un banquete en el mismo bosque donde apareció la terrible caza.
Para ello, los árboles son talados y se crea un espacio, adornado
con ricos doseles, que den cobijo al ágape. En pleno banquete,
la persecución se materializa de nuevo, espantando a los presentes.
Cuando Nastagio explica la historia a Paola, ésta se conmueve y
acepta ser su esposa.
Nacimiento de Venus (ap. 1485).
El Nacimiento de Venus es una de las obras más famosas de Botticelli.
Fue pintada para un miembro de la familia Medici, para decorar uno de
sus palacios de ocio en el campo. El tema mitológico era habitual
en estos emplazamientos campestres, surgiendo imágenes como La
Primavera o Venus y Marte. Se desconoce la fecha exacta de su ejecución,
pues mientras algunos autores piensan que fue realizado poco después
que La Primavera, otros sitúan esta composición a mediados
de la década de los ochenta. Por el contrario, la mayoría
se ha puesto de acuerdo a la hora de traducir su significado e identificar
el texto en el que se inspiró: los versos de Poliziano en La Giostra,
que le servirán al maestro del Quattrocento para poner en escena
el pensamiento neoplatónico.
Venus es la diosa del amor y su nacimiento se debe a los genitales del
dios Urano, cortados por su hijo Cronos y arrojados al mar. El momento
que presenta el artista es la llegada de la diosa, tras su nacimiento,
emergida del mar sobre una concha, a la isla de Citera, empujada por el
viento como describe Homero, quien también sirvió de fuente
literaria para la obra de Botticelli. Venus aparece en el centro de la
composición sobre una enorme concha; sus largos cabellos rubios
cubren su entrepierna mientras que con su brazo derecho trata de taparse
el pecho, repitiendo una postura típica en las estatuas romanas
de las Venus Púdicas. La figura blanquecina se acompaña
de Céfiro, el dios del viento, junto a Aura, la diosa de la brisa,
enlazados ambos personajes en un estrecho abrazo. En la zona terrestre
encontramos a una de las Horas, las diosas de las estaciones, en concreto
de la Primavera, ya que lleva su manto decorado con motivos florales.
La Hora espera a la diosa para arroparla con un manto también floreado;
las rosas caen junto a Venus ya que la tradición dice que surgieron
con ella. La línea diagonal en la que se mueven los céfiros
está cerrada por la posición de la Hora de la Primavera
que se dispone a cubrir el cuerpo de Venus con una túnica de flores,
formando una estructura triangular. Las olas del mar y la caída
de las flores que fecundan las aguas dotan de movimiento a esta tela,
en la que los personajes aparecen en el mismo plano, al tiempo que los
céfiros agitan con su viento los cabellos de Venus y el manto de
la Hora.
Técnicamente, Botticelli ha conseguido una figura magnífica
aunque el modelado es algo duro, reforzando los contornos con una línea
oscura, como si se tratara de una estatua clásica. De esta manera,
el artista toma como referencia la Antigüedad a la hora de realizar
sus trabajos. Los ropajes se pegan a los cuerpos, destacando todos y cada
uno de los pliegues y los detalles. El resultado es sensacional pero las
pinturas de Botticelli parecen algo frías e incluso primitivas.
Como en La Primavera, el refinamiento de la factura convierten esta composición
en ritmo y poesía y una de las cumbres de la pintura universal.
Coronación de la Virgen (1490).
Con esta tabla se inicia la última etapa de la pintura de Botticelli,
caracterizada por la devoción y el ascetismo, situándose
incluso en la órbita de Savonarola. La obra es un encargo para
la capilla del Gremio de Orfebres en la iglesia de San Marco de Florencia
lo que explica la profusión de pan de oro en el conjunto, especialmente
en la zona superior. Dios Padre procede a la coronación de María,
bendiciéndola con la mano derecha. Los querubines y ángeles
rodean la escena por todas partes para aludir a su carácter celestial,
formando en la zona inferior un círculo y situando a uno de ellos
tras los rayos dorados. En la zona baja de la composición se hallan
cuatro santos: a la izquierda san Juan Bautista y san Agustín,
y a la derecha san Jerónimo y san Eligio, patrono de los orfebres.
La gran novedad respecto a trabajos anteriores se aprecia en las expresiones
de las figuras, que abandonan ese carácter frío que definía
la producción de Botticelli en la década de 1480. Las figuras
continúan con ese aire escultórico que tanto atraía
al maestro, interesado también por las calidades de las telas y
los detalles minuciosos, recordando sus años juveniles en los que
había trabajado como orfebre. El colorido es sensacional así
como el dibujo, destacando las líneas tan correctas que empleará
Botticelli a lo largo de toda su carrera. En su interés por innovar,
Botticelli eliminó la capa de imprimación en esta obra,
pintando directamente sobre la madera y empleando una cantidad máxima
de aceite que provocó un rápido secado, factores éstos
motivaron que la pintura se desprendiera del soporte. En 1969 se decidió
restaurar esta gran obra, trabajando durante veinte años para rescatar
de la pérdida absoluta un cuadro de inestimable belleza.
Calumnia de Apeles (1495).
La Calumnia de Apeles es la última producción mitológica
de Botticelli. Desconocemos quién fue el cliente que la encargó
lo que ha motivado un aluvión de hipótesis; algunos especialistas
consideran que se trata de una referencia directa a la acusación
que sufrió el artista en 1502 de mantener relaciones homosexuales
con sus discípulos, acusación que no tuvo ninguna consecuencia.
También se considera como una obra en la que Botticelli se defiende
de Savonarola, el predicador que lanzaba sus sermones contra los florentinos
interesados especialmente por lo sensual. A pesar de su contenido, la
obra se debe encuadrar en las transformaciones que estaba sufriendo la
Florencia de fines del Quattrocento, final de siglo que conllevaba la
tensión y el miedo ante la llegada del fin del mundo que gritaban
los predicadores.
El nombre por el que conocemos esta pequeña tabla viene determinado
por una acusación por envidia del pintor griego Antifilos a su
colega Apeles. Se le acusaba de provocar una revuelta contra el rey egipcio
Ptolomeo IV por lo que fue encarcelado, obteniendo la libertad cuando
un auténtico líder de la rebelión manifestó
la inocencia del pintor. El rey rehabilitó a Apeles y le concedió
a Antifilos como esclavo, realizando el artista una obra en referencia
a su caso. La historia se conoce gracias al poeta Luciano, realizando
Botticelli una nueva versión del asunto.
Botticelli presenta en la Calumnia de Apeles a un buen número de
personajes en el interior de un palacete típicamente renacentista,
con una arquería en el fondo en la que apreciamos las bóvedas
de casetones decorados con diversas escenas que se repiten en el friso.
En la zona de la izquierda encontramos una figura desnuda que se cubre
el sexo con su larga cabellera y con la mano izquierda; se trata de la
Verdad, que eleva su brazo derecho al cielo como invocando a los dioses
para que reparen esa injusticia, recordando por su postura y su desnudez
al Nacimiento de Venus. Junto a ella se sitúa una anciana oculta
bajo negros ropajes; es la Compunción que dirige su mirada hacia
la desnuda Verdad. En el grupo principal aparecen diversos personajes:
un hombre joven es la Víctima arrastrada por el suelo, desnuda
porque no tiene nada que ocultar y en actitud implorante para que se ponga
fin a esta situación; la Calumnia le agarra por los cabellos, portando
en su mano izquierda una antorcha en relación a la manera de extenderse
la calumnia como el humo del fuego; dos bellas jóvenes trenzan
los cabellos de la Calumnia con una blanca cinta: la Impostura y la Perfidia,
inseparables compañeras de la Calumnia, que bajo su apariencia
dulce y serena destrozan a la Víctima. Un hombre vestido de oscuro
cierra el grupo, agarrando con su mano derecha a la Calumnia; se trata
del Odio, que mira al rey de manera acusadora y le señala. En la
zona de la derecha apreciamos al Rey, con orejas de burro en su elevado
trono, escuchando los consejos de la Ignorancia y la Sospecha, tendiendo
su mano al Odio. Todos los personajes están ejecutados soberbiamente,
destacando el carácter escultórico con que han sido tratados
por Botticelli, ciñendo sus ropajes para resaltar su anatomía.
La sensación de movimiento, las referencias a la Antigüedad
en la arquitectura y las expresiones de las figuras hacen de esta obra
una de las más atractivas del catálogo del artista, dentro
de un marcado carácter renacentista
Transfiguración de Cristo (1500).
Botticelli ha interpretado en esta obra la Transfiguración de Cristo
tal como la narra el Evangelio según San Marcos. Sitúa a
los apóstoles en la zona baja de la tabla, en posturas muy escorzadas,
para ocupar Cristo, Moisés y Elías la mayor superficie del
cuadro, destacando la figura de Jesús por su túnica blanca
y ceñida y los rayos dorados que se desprenden de su cuerpo. El
canon de estas tres figuras es mayor que los apóstoles para marcar
su importancia, siguiendo la ley gótica de la jerarquía.
El episodio se desarrolla al aire libre mostrando algunos árboles
al fondo, desapareciendo el interés por la perspectiva que se aprecia
en el Botticelli maduro. A ambos lados de la Transfiguración encontramos
a San Agustín, a la derecha, y a San Jerónimo, en la izquierda,
dos de los Padres de la Iglesia más importantes. Ambos santos se
encuentran en una misma habitación con techo de casetones y una
repisa sobre la que depositan libros. Elevan su mirada para contemplar
el milagro, mientras portan en sus manos libros y plumas, destacando la
expresividad de sus rostros. La obra tiene importantes referencias al
mundo flamenco tanto por la minuciosidad de los detalles como la expresividad
de las figuras, el colorido empleado o los paisajes acartonados que sirven
de fondo. Y es que Botticelli se interesa ahora por transmitir la espiritualidad
cristiana en sus obras, cargándolas de mensajes evangélicos
que tendrían relación con la situación de su ciudad
en aquel convulso final del Quattrocento.
BIBLIOGRAFÍA:
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M. Llorens, R. Ortega, J. Roig. Ed. Vicens-Vives. Barcelona 1995.
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Concepción García, Joan Sureda. Ed. Espasa-Calpe.
• Historia universal del Arte: Renacimiento (I). José Milicra,
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• Diccionario enciclopédico Salvat. Ed. Salvat. Barcelona
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1993-1997.
• Museo virtual renacentista. Gabriel Leonardo Stagno Izaguirre.
www.geocities.com/Paris/Bistro/9035/queesrea.htm
Resumen: Alberti, el gran arquitecto. Ghiberti, el espléndido escultor.
Botticelli, el genial pintor. Tres genios del Renacimiento italiano. Su
mundo. Los artistas. Sus obras
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