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Sobre el mexicano
Sergio Pitol
aPra
Leer a "Iván, Niño Ruso"
por Teódulo López Meléndez
Cuando el mexicano
Sergio Pitol era un niño le fue regalado un libro donde aparecían
rostros de infantes de diversas nacionalidades. Uno de ellos se le quedó
en la memoria. Cuando años después fue encontrado solitario
por un compañero de colegio e interrogado sobre su nombre e identidad
, simplemente respondió: "Iván, el ruso". El mismo
Pitol nos lo dice al final de su libro El viaje. Allí relata una
visita a la ex URSS donde Mijail Gorbachov implementa la perestroika.
Se supone que debe llegar a Georgia, pero la burocracia soviética
de la Asociación de Escritores le retarda con cualquier tipo de
artimañas. Cierto que Pitol describe el aire de libertad y de renovación
que se desapelmaza del pesado aire de Moscú, aunque también
la prudencia, la frase a medias, la respuesta dubitativa. Todo, sin duda,
producto de la poca fe en lo que pasa. No es tanto el clima político
ambivalente, entre el aún stalinista discurso de los burócratas
y aquél de los intelectuales que perciben libertad, lo que domina
el libro de Pitol.
Es que este
viaje lo es más por entre los escritores y en los escritores. No
puede el diplomático que viene de Praga como simple escritor olvidar
sus viejos amores. No puede dejar a Gogol o a Chéjov, no debe ni
puede dejar de entrometerse en los teatros y mirar desde una butaca sempiterna
los montajes y detenerse en la escenografía, en los actores o,
más acá, entre el público. Sé perfectamente
de lo que se trata. Ya lo intenté yo también en un viejo
libro (Jardines en el mundo, Academia Nacional de la Historia, 1986),
husmear en los libros, recordar las pasiones de lo leído en el
ayer con avidez comparadas con la que despierta verlos en su propio territorio.
Pitol es una inteligencia despierta. Camina por las calles, pero también
entre las sábanas de los lechos de los hoteles con los libros en
las manos. Allí, en la Moscú de la perestroika necesariamente
tiene que recordar a los dos policías que tocan a la puerta de
Mijail Bulgákov. Tomándose un trago en Georgia, al fin adquirida
para la memoria y la riqueza cultural, una vez más debe volver
a pensar en el rostro y en la pluma de Marina Tsvietáieva. Este
libro, El viaje, con que abrimos nuestra persecución a "Iván,
niño ruso", comienza por declararnos una omisión: la
del tratamiento de Praga, de la que Pitol ha sido espía privilegiado,
accediendo a la presencia de un mendigo borracho en una callejuela o a
las celdas de la alquimia vedadas a los turistas o a otros secretos que
sólo la confianza abre. El mexicano nos habla de Praga sin hablarnos
de Praga o no nos habla de Praga hablando de ella. Muy íntimamente
sé del misterio del escritor con esta ciudad, pero, más
allá, luego de leer centenares de páginas sobre la ciudad
de Kafka y de tantos otros, debo admitir no haberme sentido antes tan
conmovido como leyéndolo en Pitol.
Este mexicano huele a Báltico. Ha andando por países como
si de senderos se tratasen, husmeando con una inteligencia aguda y acumulando
cultura, una que bien anda hasta en el aire. Necesariamente uno piensa
en la inteligencia mexicana. Y necesariamente se detiene en el particular
interés del PRI de mandar a los intelectuales al servicio exterior.
Ni Carlos Fuentes ni Octavio Paz hubiesen sido lo mismo si no hubiesen
sido enrolados en la diplomacia más que a llenar el ocio a hacerse
hombres universales. País sabio, más allá del régimen
político, que sabe que somos los escritores los que más
nos enriquecemos con semejantes destinos y que de vuelta lo enriquecemos
a él. Más allá está ese substrato que por
encima de dificultades económicas o políticas pervive en
México. Allí hay una vasta herencia que sus intelectuales
asumen de una manera o de otra y que enriquecen sumergiéndola en
otras visiones del mundo.
Uno sigue persiguiendo a "Iván, niño ruso" y lee
Tríptico de carnaval, para saberlo como novelista. Allí
está el mismo ensayista de El viaje, el peso de los maestros rusos
y de la literatura de la Europa del este. Uno va a Pasión por la
trama, a Soñar la realidad o a El arte de la fuga y uno sigue viajando
con Sergio Pitol aún cuando esté firme como una roca en
su retiro-presencia de Xalapa, tal vez lo más distante de lo que
él ha sido y es, nos argumenta en alguna página, olvidando
que Manuel Bandeira construyó Pasárgada robándole
el nombre a Ciro El Grande y edificándola no en Persépolis
sino en Brasil. Pero hay que seguir adelante y de la mano de Pitol, el
oloroso a Báltico, entregarse a Vladimir Nabokov, a Schnitzler
o inmiscuirse con el polaco Andrzej Kusniewicz. O dejar que Italo Calvino
intervenga para meternos en una lectura particular a cuatro manos con
Sergio Pitol de La montaña mágica y revistar así
como una inteligencia se detiene a crear cuando el potro del tiempo cabalga
entre dos siglos. Calvino: "Lo que toma forma en las grandes novelas
del siglo XX es la idea de una enciclopedia abierta...Hoy en día
ha dejado de ser conseguible una totalidad que no sea potencial, conjetural,
múltiple". Si no recuerdo mal Calvino aborrecía perder
el tiempo en una divagación sobre "una humanidad buena"
y añoraba el remirarse en el espejo de Balzac o Tolstoi. Provoca
de nuevo regresar a la fiebre que al mexicano le ocasiona pasearse por
la Tsvietáieva, pero he aquí una isla. "Iván,
niño ruso" no ha podido olvidar unos peces rojos que colocó
amorosamente en su bulto escolar mientras sus compañeros de escuela
colocaban digamos "cosas más apropiadas". Esos peces
rojos fueron desgastados por el tiempo en aquella lámina impresa
pero no en las retinas del escritor que viaja buscando pares de la inteligencia.
Y he aquí a los peces rojos: son de Matisse, el los hizo vivir
en la imaginación del niño Sergio y del niño Iván
hasta la adultez, para que los encontrara en el museo Pushkin de Moscú.
Confieso que me detengo en esta anécdota como si estuviese en mi
propia infancia congelada en mi ya avanzada madurez. Es la magia que logra
un escritor. Todos los adjetivos que Pitol usa para describir a los oficiantes
con que transita en la literatura le son aplicables. Todos, incluso la
reflexión sobre los grandes maestros rusos del siglo XIX cuyas
grandes novelas comienzan o contienen un viaje. Lo de Pitol es un viaje
aunque esté fijo en Xalapa. Se puede uno meter en las callejuelas
ocultas de Praga, beberse un vodka en Georgia, leer a un gran novelista
polaco o sentarse a escuchar a Don Giovanni o salir a medianoche hacia
Varsovia o detenerse en ese particular novelista irlandés llamado
Flann O´Brien o en esa aún más extraña escritora
que fue Ivy Compton-Burnett, todo se puede hacer bajo el ruido fantasmal
de un aeropuerto o en la solitaria estación de tren donde policías
temen contrabando de ideas o quedándose en Xalapa sorbiendo ya
los recuerdos y haciendo el uso ponderado de la memoria a que obligan
los años. El ejercicio del talento a la que Sergio Pitol nos llama
también está en Carlos Fuentes, el de La región más
transparente cuyos sucesos y desventuras Pitol nos recuerda y en Terra
Nostra, edificación tan grande como El Escorial, o en otro mexicano
maravilloso por ejercicio del mismo vicio al que aquella tierra nos tiene
acostumbrados: Carlos Monsivais. A ambos nos los recuerda Pitol, prácticamente
los únicos latinoamericanos que recuerda, amen de alguna mención
a Juan Rulfo, aunque, claro está, del mundo hispánico Cervantes
asoma aquí y allá.
Acudamos con Pitol a la cita con el médico que lo hipnotiza para
quitarle el vicio del cigarrillo, craso error del mexicano. Entremos con
Walter Benjamin al teatro y enamorémonos con él de la bella
revolucionaria del país lejano que se le atraviesa en Capri. O
estemos en las noches de Bujara bajo el graznido de los cuervos. O volvamos
a leer en el prólogo de Justo Navarro a El cuaderno rojo de Paul
Avister "escribes la vida y la vida parece una vida ya vivida".
Quizás cuando la vida está ya vivida, agotados los ojos
de ver pero aún hambrientos, retirado uno en Xalapa pero recorriendo
estaciones, atravesando fronteras y viviendo la agudeza como lo hace este
mexicano de excepción que se llama Sergio Pitol o "Iván,
niño ruso", qué importa, este joven agudo nacido en
1933, es cuando más hay que escribir para que nosotros los escépticos
que gruñimos con pésimo humor con tanto bodrio que se imprime,
podamos lanzar bocanadas de alivio y mirar de nuevo la letra impresa con
emoción y volver a detenernos en los versos de una rusa de comienzos
de siglo y mirar peces rojos salidos de la mano maravillosa de Matisse
y, en fin, recobrar la capacidad de emocionarnos.
Llegué a Italia
sin saber decir "ciao". Lo aprendí, el italiano, con
Montale, con Quasimodo y con Ungaretti, con Moravia, con Pavese y hasta
con el Dante. Con toda la maravillosa literatura italiana. Así
comencé a leerlos en el original y a darme cuenta de que las viejas
traducciones compradas lustros atrás en Buenos Aires no se compadecían
con la verdad, que tenían graves errores. Una mañana en
las afueras de Roma, bajo una inclemente nevada, tomé la decisión
y Salvatore Quasimodo, el poeta de la isla convertida en país inocente,
se me planteó como primer problema. Había giros sicilianos
y griegos en aquella poesía, pero armado de gruesos diccionarios
también desentrañé aquellas palabras. Siguió
Ungaretti y ya había descubierto que era la poesía hermética
lo que me interesaba. Finalmente entré con Montale, reconociendo
su grandeza. Al mismo tiempo investigaba sobre los tres, anotaba mis propias
conclusiones, y escribía los ensayos que ahora pueden verse en
Ameritalia. Son los tres grandes poetas herméticos del siglo XX
italiano.
Años después
le ofrecí la publicación a las oficinas culturales de la
Embajada italiana en Caracas y se me contestó que el Ministerio
de los Asuntos Exteriores en Roma tenía una partida presupuestaria
para tales fines y que la consulta era obligatoria. El burócrata
romano que me tocó en suerte respondió que ese trabajo de
traducción ya estaba hecho en Argentina. Jamás se enteraría
de que me puse a traducirlos precisamente por lo malo de aquéllas
versiones. Menos se enteraría el burócrata de marras que
prácticamente cada año salen traducciones de algunos de
mis tres amigos italianos y nadie argumenta que "ese trabajo ya está
hecho".
Cada traductor hace
su propia versión y tiene su propio método. Traducir poesía
es una de las tareas más difíciles que se pueden enfrentar.
Hay que conocer perfectamente al traducido, sus creencias, su modo de
vida, sus giros específicos en el idioma, hasta su carácter.
Es este mi método: traduzco no del idioma, traduzco desde el poeta.
También admito que con profundo respeto por el traducido es inevitable
que el resultado en español al fin y al cabo sea un poema a cuatro
manos, escrito por mí y por el traducido. En otras palabras, este
es "mi" Ungaretti, este es "mi" Montale, este es "mi"
Quasimodo.
Diría que menos mal que es así. Si un traductor es un traidor,
al menos que su traición se alce como creación y no como
falsificación. Vaya ahora a la biblioteca
de Ameritalia y enfrente a estos tres grandes poetas universales de
lengua italiana y sobre esos textos recree poesía. Los tres estarán
felices si usted lo hace.
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